LOS LINGOTES DE ORO
DE LA ESPAÑOLA EN
ELVIGÍA
Doña Elvira creyó que
ciertamente el local mantenía desocupado
y el arriendo era barato por estar ubicado justo frente a la puerta del
cementerio (como afirmaba su dueño). Ella tampoco sabía que en aquel pueblo (El
Vigía Estado Mérida Venezuela) hubo ferrocarril. De ahí que necesitando un
local para iniciar su fresquería y ganarse la vida, tomara el amplio sito en
arriendo, con promesa de compra aprovechando el bajo precio que el dueño pedía.
En realidad, en el sitio no
permanecía mucho público, salvo las peligrosas pandillas de malandros y
trabados que merodeaban y vivían allí escondidos de la ley. Los tumultos se
formaban únicamente cuando había entierros y fijo el día de los difuntos. Por
eso se incluyó venta de velas y demás productos para ofrendas fúnebres.
No más el día de los difuntos
se realizaba la venta del año, cosa que estimuló a doña Elvira a comprar el
local. Pero justo un día después de cerrado el negocio, la nueva propietaria, a
eso de las seis de la tarde, observó candela en el centro del cementerio.
Creyendo que alguna vela iniciaba un incendio o que los malandros habían
encendido fuego, lo que significaba gran peligro para los pocos vecinos del
lugar, decidió ir a apagarlo. Pero buscó en todos los rincones del cementerio y
no encontró el presunto incendio, ni rastro de fuego en ninguna parte.
Doña Elvira, aquella tarde,
abandonó el sitio convencida de haber observado un fenómeno de los que la gente
dice ver con frecuencia en los cementerios y se dedicó a preparar los productos
para vender al día siguiente durante dos entierros que estaban anunciados. Sin
embargo, a partir de entonces extrañas apariciones empezaron a inquietar a doña
Elvira. A menudo, desde su negocio observaba avivado fuego en ciertos sitios del cementerio, cuando el
lugar quedaba solo durante el día. En las noches, además de fuego, veía el
celaje de una dama que se desplazaban entre las tumbas. Tiempo después, en las
madrugadas, veía a la dama salir del cementerio y dirigirse hacia la puerta de
su negocio, donde desaparecía misterio samente.
Doña Elvira no sentía miedo al
ver la dama y solo se le aparecía a ella. Siempre lucía elegante vestido gris y
sombrero del mismo color. Era alta, delgada, blanca, de cabello negro largo y
trenzado En cierta época las apariciones cesaban pero cuando regresaban
aparecían con más frecuencia.
Doña Elvira dejó de
inquietarse por la enigmática dama y por las burlas de sus amistades, quienes
al no creerle, a menudo le preguntaban por su clienta del cementerio. Eso fue
hasta cuando sus hijos se mudaron a una vivienda cercana porque en el local no
quedaba espacio para habitación y ella se quedó durmiendo sola, a fin de cuidar
el negocio. Aquella madrugada, la dama apareció en la entrada del cementerio,
atravesó la calle y golpeó suavemente la puerta del local durante tres veces en
forma pausada. Por precaución doña Elvira no se atrevió a contestar ni abrir.
El hecho siguió repitiéndose
dos o tres veces en la semana siempre que la anfitriona quedara sola. Incluso,
a veces también llamaba en forma persistente diciendo: “señora, por favor
ábrame.”
De ese modo, una madrugada
dispuesta a todo, doña Elvira decidió responderle desde adentro:
—¿Quién es usted y qué
necesita? —preguntó la anfitriona.
—Ábrame un momento que deseo
contarle algo, —respondió la dama.
—¿Por qué no viene y me lo
dice después de la seis cuando abro al público, —interrogó doña Elvira.
—Porque a esa hora ya no
puedo, —explicó la dama, a tiempo que insistía en que le abrieran.
Aquella madrugada doña Elvira no se atrevió a
abrir, pero como el suceso se repetía día a día, se llenó de coraje y una
madrugada decidió abrir y escuchar a la misteriosa dama, aún a sabiendas que
podía tratarse de un espanto. Así ocurrió, de ese modo, ya frente a frente, la
mujer le confesó que inmigró de España con los empresarios encargados de
construir un ferrocarril allí en El Vigía, en la época de la fiebre ferroviaria
en el mundo. Que logró hacer una enorme fortuna. Que tuvo un único hijo al que
quiso mucho, el cual, muy joven, se extravió explorando el Río Chama, sin que
se volviera a saber nada de él. Que con su amor de madre prometió a su hijo dar
su fortuna y su vida para encontrarlo.
Finalmente, la dama,
implorando, ofreció entonces a doña Elvira revelarle el sitio donde ocultaba su
enorme fortuna y dársela si le ayudaba a hallar a su hijo en la montaña. Solo
que para ello debía darle su hijo varón mayor, pues éste podría encontrarlo por
ser muy inteligente, fuerte y tener la misma edad del perdido.
Claro, doña Elvira nunca
estuvo dispuesta a cambiar a su hijo por ninguna riqueza, ni siquiera bajo la
promesa jurada por la dama, en el sentido que al muchacho no le pasaría nada en
su integridad física y que en cambio sería muy afortunado en su vida. Sobre
todo, después que su visitante le reveló que pertenecía, desde los últimos años
dictatoriales venezolanos, al mundo de los difuntos. Por eso rechazó
enfáticamente la oferta aquella madrugada y todas las siguientes veces que la
fantasmal dama insistió.
Ante la negativa, con el
tiempo la dama dejó de aparecer, pero sucesos extraños empezaron a ocurrir en
el local. El negocio se vino a pique. Ni en funerales ni el día de los difuntos
se vendía nada. Los productos en forma extraña se dañaban. Los malandros
empezaron a asaltar el negocio a diario. La salud de la familia comenzó a sufrir serios
quebrantos. Aquella situación llevó a doña Elvira a mal vender el local y
mudarse hacia otra región.
Pocos años después, se enteró
que los nuevos propietarios, ciertamente, habían desenterrado en el predio
varios lingotes de oro, y urnas repletas de diamantes y joyas. Supo también que
la pareja vivía muy triste, porque acababa de perder a su único hijo en la
agreste cabecera del Río Chama, durante un viaje de estudio.
Por:
UVC
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