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05 LA ENFERMERA SIN
 ROSTRO
 DE EL CENTRO
Unos dicen que Nancy llegó de Cali Col, otros que de Texas USA, pocos días después de inaugurado el hospital de El Centro y desde aquel día se dedicó a aliviar el dolor de los pacientes. No importaba que fuera dolor de quemadura, de fractura, de apendicitis, de carbunco o de parto, este siempre cedía el paso a una sonrisa al ver tanta dulzura convertida en enfermera. Ni siquiera los neonatos tenían que llorar con las inyecciones de tan suaves manos.

Ella misma afirmaba que la providencia siempre la guiaba hacia el sitio donde urgía su presencia, por eso podía ser tan oportuna. Nancy muchas veces se bajaba del vehículo en las carreteras frente a una vivienda para pedir agua o con cualquier otro pretexto  y justo allí una parturienta, un cortado, un fracturado o alguien requería urgentemente su atención. En fin, por aquel entonces, en el hospital de El Centro y en las veredas aledañas, los enfermos conocieron la dulzura  de la enfermera Nancy  y su cariño de amiga para tratar a pacientes y dolientes.

Sin embargo,  un día la fatalidad apareció para interrumpir aquella vida de lucha contra el dolor, apenas a los veintitrés años de edad, cuando, por culpa de un conductor embriagado que la arrolló, la joven enfermera quedó como víctima fatal en un lado de la carretera entre el campamento donde vivía y el hospital.

Aquel día de nubes negras para  El Centro y de llanto para sus habitantes, Nancy cambió su papel de apaciguadora del dolor  por el de su víctima.  Con mucha tristeza,  quienes la vieron allí destrozada y amontonada en una cuneta de la carretera, informaron que su agraciado rostro quedó totalmente desfigurado al impactar contra el duro recebo. Dicen que sólo pudo emitir un desgarrador ¡aaai mi maaadre..! con el que entregó su vida y expulsó de su cuerpo mucho mas dolor que el mitigado a sus pacientes.

Pero, al parecer, allí había terminado apenas la primera etapa de la misión de Nancy contra el dolor en este mundo, porque después de tan absurdo accidente, de día o de noche, en el  hospital  empezó a observarse la presencia de una agraciada enfermera, también con su impecable vestido blanco, su toca en la cabeza, su dispensario en las manos, caminando apresurada por los pasillos y entrando a las piezas de los enfermos. En ocasiones hasta los atiende y charla con ellos.

Cuentan los conductores de Ecopetrol que transitan las carreteras de El Centro, que bajo el ardiente sol o bajo la torrencial lluvia, encuentran a aquella enfermera, con su paraguas abierto, al lado de la vía, pidiendo cola como Nancy lo hacia en vida. Cuando el vehículo se detiene, se acerca, saluda y pregunta si la pueden acercar al hospital o a alguna vereda. Después de la aceptación del conductor, abre la puerta y toma asiento en la cabina calladamente. El personal en el hospital escucha su voz en el parqueadero despidiéndose del conductor. Luego se la ve caminando debajo del bosque de bambúes que rodea el entorno, recorre los jardines exteriores, llega hasta la puerta de personal y se dirige al vestíbulo.

En otras ocasiones, hace señas a los conductores de la empresa que salen del pueblo, ruega que la acerquen a la entrada de tal o cual vereda. Allá, en las veredas, los campesinos la ven acercarse a sus viviendas, con el botiquín en las manos, saluda y pregunta: ¿cómo se encuentra el enfermo? Luego de escuchar las respuestas, pide permiso para pasar a atender el paciente. Cuentan que les aplica inyecciones, les cura las heridas y realiza cualquier actividad competente a la misión de una enfermera; hasta hace las recomendaciones del caso antes de despedirse. Al marcharse no permite que nadie la acompañe, se la ve retirarse lentamente por el camino y tras algún recodo desaparece misteriosamente. Por su parte, explican los enfermos que, luego de recibir sus aliviantes atenciones, la ven ausentarse levitando a poca altura del suelo; dicen observarla alejándose, después de cierta distancia su figura se va tornando transparente hasta desaparecer como si se ocultara en el aire lentamente. Sólo que ninguno ha podido describir su rostro, porque cuando se le mira fijamente la cara no más se observa una especie de sombra traslúcida, desforme e indefinible.

Otra versión cuenta que Nancy dominaba perfectamente el español y el inglés, era muy bella, amigable y servicial; por eso un día cuando regresaba del hospital a los campamentos, en el trayecto que solía recorrer a pie, un malvado conductor de taxi la recogió con el pretexto de que fuera a atender un herido en una vereda; pero ya solos la violó, la asesinó, le quemó el rostro para que no la reconocieran, la enterró donde no se encontrara su cadáver y desapareció de la región. Eso porque  se le aparece y asusta preferiblemente a los conductores.

Eso sí, para todos los que ha atendido, sea criolla o extranjera, la misteriosa enfermera de El Centro es la servicial Nancy continuando su misión contra el dolor en este mundo; ahora mandada desde el hospital principal del cielo, porque irradia la misma dulzura a los pacientes, es tan oportuna como eficaz y, sobre todo, porque, al mirarla fijamente a la cara, no se le ve rostro.
Reflexión: La dulzura  alivia siempre cualquier dolor

Tomado del Libro: TRADICIÓN ORAL DE BARRANCABERMEJA
Autor: URIEL VILLALOBOS CADENA


08 LOS FUNERALES
 LOCALES
La funeraria tenía un nombre romántico muy apropiado a su sacramental servicio, pero nadie lo recuerda ya que se la conocía como “la funeraria del rolo.” Estaba localizada en la acera derecha de la actual calle 48 con carrera 5. Allí, en un amplio patio retozaban los dos pares de corceles (un par blanco y otro par negro), cual dos copos de nieve o dos azabaches iguales. El cliente podía pedir según su gusto si los negros o los blancos tiraban la hermosa carroza donde se transportaba el féretro. Eso sí, el conductor siempre lucía impecable traje de paño gris oscuro y sombrero de copa alta a la usanza de los caballeros medievales. El recorrido del cortejo se hacía lentamente y en estricto orden. Dolientes y acompañantes caminaban detrás de la carroza como en procesión guardando riguroso luto y así, en el más profundo pesar y religiosidad, transcurría todo.

Obviamente, eso era cuando el muerto pertenecía a la “alta sociedad.” En cambio, cuando moría algún pobre, el acto tenía características acordes a su statu quo, a su categoría de zarrapastroso. En tal caso el ataúd consistía en cuatro tablas rústicas tapadas en sus extremos donado por el municipio. Era el loco Abelardo quien recogía el cajón en una destartalada carreta de dos ruedas que él mismo arrastraba caminando o corriendo por los pedregosos callejones del villorrio. Detrás de la carreta marchaba una numerosa y desordenada turba, donde familiares y conocidos se abrazaban unos con otros dando gritos. Entre más desmayos ocurrieran en el trayecto y en media legua (apodo del cementerio) “más bonito” era el funeral. A ello contribuían las famosas plañideras que siempre acompañaban el acto para disfrutar gratis el tinto, las calillas  y demás beneficios que se ofrecían en los velorios. Aunque, a decir verdad, no era tan gratis, porque las plañideras pagaban sobradamente los beneficios recibidos con sus  melancólicos rezos y espeluznante llanto. De ese modo, el funeral se transformaba en un tétrico rito donde la aflicción por la partida del difunto hacía desmayar a los familiares y llorar a los amigos. Las plañideras infundían tanta tristeza al velorio y al entierro que en el vecindario, cuando ellas realizaban sus tétricas lamentaciones, las gallinas cacareaban espantadas y los perros aullaban a pleno sol caliente. Lo mismo ocurría en las casas de la calle por donde el loco Abelardo decidía arrastrar la carreta con el cajón. Aquella melancolía se intensificaba durante el recorrido cuatro o cinco veces, justo cuando el loco paraba debajo de algún árbol para mear, para descansar, para pedir agua en alguna casa vecina o para rajar del muerto con alguien que encontrara en el camino. Porque eso sí,  Abelardo a todo el que encontrara en el recorrido le contaba que el difunto era un pobre diablo; que había muerto anoche en el barrio (prostíbulos), de muerte natural con apenas veinte puñaladas en la espalda; que era un borrachín o una chismosa mala paga; que incluso a él le había quedado debiendo plata; que era la oveja negra de la familia; que por eso ya Satanás lo estaba halando por las patas; pero que por ahí los hipócritas afirmaban que en vida el muérgano o muérgana había sido una santa paloma.

Naturalmente, nadie se atrevió jamás a protestarle a Abelardo por sus indolentes expresiones y actitud acerca del fallecido, pues se sabía que si se le ofuscaba su cordura se deprimía y se transformaba en un típico desquiciado, grosero y violento.

A propósito, se sabe que tal fue la única razón por la que “el rolo” contrató a Abelardo. Según afirmaba, después de observar a muchos candidatos lo eligió porque el tipo tenía el perfil ideal para tan patético trabajo. Explicaba el comerciante  que cuando Abelardo levantaba el cajón, lo tiraba en la carreta e iniciaba el recorrido, nadie estorbaba ni chistaba, pues por su impredecible temperamento ninguno se atrevía siquiera a discutir la ruta, la velocidad y las paradas del cortejo. Así el funeral transcurría rápido, sin dolientes tirándose sobre el cajón y ningún otro problema parecido. O como el mismo Abelardo decía cuando tiraba el cajón en la carreta: “tanta hipocresía y aspaviento con otro quintal de garra para los gusanos.”
Comentario: La muerte es la muerte y no reconoce privilegios.

Tomado del Libro: TRADICIÓN ORAL DE BARRANCABERMEJA

Autor: URIEL VILLALOBOS CADENA


LA VENGANZA
DE JUAN HATILLO

Rufo Hatillo, siendo apenas un muchacho, también tuvo que correr monte adentro a esconderse para escapar de las matanzas en los pueblos por cuenta de los caudillos liberales y conservadores. Las tierras que su difunto padre tenía quedaron abandonadas con construcciones, cosechas y crías abundantes.

En cambio, su padre, Juan Hatillo, no pudo escapar aquella tarde de 1900, cuando llegó a El Salitre, su terruño, un bongo repleto de gente armada, rodearon las siete casuchas, reunieron a los hombres y mujeres adultas  en el puerto, los decapitaron, los arrojaron al río, saquearon todo, quemaron las casas y se marcharon gritando vivas al gobierno.

Ninguno de los pocos que escaparon aquel día volvió a las ruinas del otrora hermoso caserío en la ladera momposina. Las fértiles tierras en poco tiempo cambiaron de dueño. Encopetados señorones forasteros llegaron con títulos de extensas propiedades en mano, las cuales convirtieron en ricas haciendas ganaderas. La Parcela de Juan Hatillo, ubicada en la fértil orilla occidental del brazuelo momposino, quedó incluida en la extensa hacienda de un orgulloso cachaco capitalino, alto funcionario público y que vacacionaba frecuentemente en la gran casona que mandó a construir en la orilla del brazuelo, sobre un hermoso y firme barranco.

Mientras tanto, Rufo H envejecía por ahí, deambulando de pueblo en pueblo, de hacienda en hacienda, rogando que le dieran empleo, aunque fuera por la comida; pero era en vano, porque los nuevos amos sólo empleaban a gente de su entera confianza traída desde lejos. Al hombre le tocaba pasar durmiendo a la intemperie en los caminos, comiendo frutas silvestres y a veces raciones que le daban los buenos corazones cuando lo encontraban caminando por ahí sin ningún rumbo.

Ya ni siquiera lo atormentaba la ira que al principio sentía cuando recordaba la infame celada donde asesinaron a su familia y la forma perversa como le quitaron lo que serían sus tierras. Eso fue hasta el día que se encontró en un camino a un noble anciano, quien apareció  en la vera bajo un árbol y le dijo que lo estaba esperando para regalarle una muda de ropita usada suya, pues pronto se iría de éste mundo y ya no la necesitaría. Rufo recibió el envuelto, le dio las gracias a su benefactor y le preguntó si vivía cerca. El anciano le contestó que no tenía casa, pueblo, ni familia, porque hacía mucho tiempo unos bandidos habían quemado su pueblo y toda su familia murió allí. Enseguida se despidió y desapareció en la vuelta del camino. Rufo caminó horas y horas  hasta la orilla de la Ciénaga de Palenquillo, donde se bañó y desató el envuelto para cambiarse los harapos que vestía. Después de colocarse aquella ropa, sintió algo en uno de los bolsillos del pantalón. Metió en él su mano y halló un diminuto frasco sellado, con tres o cuatro gotas de cierta sustancia espesa y brillante dentro. En el rótulo del frasco decía: Azogue.

El hecho llevó a Rufo a recordar explicaciones que en vida su padre le dio acerca del Azogue; lo mismo que algunas historias contadas por su padre sobre sucesos misteriosos con Azogue. El hombre entonces trajo de nuevo la imagen del noble anciano del camino a su mente, la comparó con la de su padre cuando le dio aquellas explicaciones; su asombro fue total, por la gran similitud de rasgos, ademanes y hasta el timbre de voz. También observó cuidadosamente la muda de ropa y comprobó que era exactamente igual en color y tipo a la que su padre lucía aquel día. Además, recordó lo que el anciano le contó acerca del incendio de su pueblo y la muerte de toda su familia.

Ante tantas coincidencias, Rufo llegó a la conclusión que su padre se le había aparecido representado en el anciano del camino y quería que hiciera algo con el Azogue; pero no lo intuía, por mucho que reflexionaba y su viejo no le daba más señas.  

Sólo tiempo después, una noche tan obscura como su vida, mientras rabiaba con los mosquitos y la lluvia, que apenas lo dejaban medio dormitar, bajo  unos ramajes de palma, en el camino hacia un pueblo, Rufo volvió a recibir pistas de su padre. No supo si fue delirando por el frío y el hambre o soñando, pero aquella noche, su viejo apareció con un Espeque al lado de una gran piedra que había en uno de los linderos de su Conuco, cavó allí un hoyo, le dio un pequeño calabazo tapado, le dijo que lo introdujera en el hueco y lo tapara. Después caminaron hasta la orilla del río, el viejo clavó el Espeque en el bordo del barranco a modo de mástil y en la punta colocó su sombrero; enseguida salió caminando sobre el agua y ya lejos desapareció.  

Cuando un fuerte trueno lo trajo de nuevo a su estado consciente, Rufo reflexionó y concluyó que su padre le pedía enterrar el frasco de Azogue junto a la piedra del lindero.

Desde donde se encontraba, a más de cincuenta leguas, recordaba la enorme roca, porque cuando muchacho, rondando con su padre y con sus amigos de infancia, muchas veces se subió a ella jugando a la trepada; también  porque la vio alguna vez hacía pocos años, cuando furtivamente se atrevió a cruzar la extensa hacienda, para acortar distancia, husmear el paraje y recordar los tiempos de su padre.

Como cumpliendo una orden, Rufo echó mano de  los últimos bríos que su avanzada vejez y su decrepitud le permitían, para llegar hasta los límites de la gran hacienda. Se las arregló para pasar la cerca sin ser visto, cavar junto a la piedra con un pedazo de machete y enterrar allí el frasco de Azogue. Luego, queriendo seguir hasta la orilla del río a través de la hacienda, se dejó avistar por los centinelas; quienes al instante, con perros adiestrados y apuntándole con armas de fuego cual peligroso malechor, lo interceptaron. El viejo Rufo simuló entonces hallarse extraviado, rogó que lo llevaran hasta la orilla del río, donde, según él, alguna canoa que pasara lo podía llevar al próximo pueblo. Y efectivamente, los centinelas lo llevaron casi arrastrándolo hasta un repuntón solitario del río, allí lo abandonaron a su propia suerte.  El viejo empezó a recordar aquel lugar, no de su época de muchacho, sino porque era el mismo sitio del sueño, donde vio a su viejo caminando sobre el agua y luego desaparecer. Incluso, allí en el bordo del barranco estaba clavado un Espeque con un sombrero igual al que en vida usaba su padre. Rufo sonrió muy  complacido, enseguida tiró al río el pedazo de sombrero roto que usaba y se colocó el que, según creía, su viejo le había dejado allí, cuidando amararse bien el barboquejo, para que la brisa no se lo volara. Al instante, asomó en la repunta un demacrado y anciano navegante en una frágil canoa; el hombre voluntariamente arrimó. El viejo Rufo se embarcó, se sentó en el plan y la pequeña canoa siguió virando al capricho de los remolinos, descendiendo a lo largo del río, al ritmo lento de la corriente, pues su tripulación ni siquiera llevaba un canalete.
Nunca más se volvió a saber del vagabundo viejo Rufo en la región. Tal vez, igual que con su padre, el brazuelo momposino, cuya ribera lo vio nacer, reclamó lo que de él le pertenecía: su materia.   
Así mismo, quizá porque Juan Hatillo, durante muchos años, regó su Conuco con su sudor, el brazuelo reclamó para su lecho también sus fértiles tierras. Aunque para ello tuvo que desbarrancar casi toda la extensa hacienda que las contenía, incluyendo sus hermosas construcciones.


Sin embargo, como el desbarrancadero no se detuvo sino hasta cuando llegó a la gran piedra del lindero, donde no sólo paró sino que se encontró un diminuto frasco sellado con varias gotas de Azogue dentro, en la región se difundió el rumor que Juan Hatillo, ayudado por su hijo Rufo, se vengó de quienes le quitaron sus tierras, su familia y su vida, enterrándoles Azogue.       Por: UVC.

EL AGUA MÁS SABROSA


Cuentan que en cierta ocasión dos hombres viajaban a pie en pleno verano por las Sabanas Costeñas. Después de varias horas de recorrido, cansados y sedientos, llegaron hasta un resumidero, donde aun la sombra de los Peralejos conservaba un charco de agua. Los dos caminantes saciaron allí su sed, reposaron un poco y reconocieron aquella oportuna agua como la más sabrosa que habían tomado en su vida. Llenaron sus calabazos y con una actitud egoísta decidieron escupir gargajos, defecar y orinarse en el oportuno charco, para que ningún otro tomara su agua. Los sujetos reanudaron su viaje, seguros que en mucho tiempo no volverían a pasar por allí y si les tocaba se cuidarían de llevar suficiente reserva de agua. Partieron mofándose por que las demás personas usuarias obligadas del charco ya no tomarían aquella sabrosa agua que ellos disfrutaron, sino sus excretas.
Pero el destino los castigó, pues se extraviaron en la inmensa sabana, de tal manera que varios días después seguían deambulando en los alrededores. Sedientos, bajo el ardiente sol y ya con sus calabazos vacíos, llegaron nuevamente al charco de los Peralejos, el cual, contrario a su normal cristalinidad, ahora lucía cubierto por una gruesa  nata de color amarillento, sobre la que un enjambre de moscas azules revoloteaba produciendo un agudo zumbido, en tanto que una colonia de voraces gusanos la surcaba. Debajo de aquella hedionda nata un turbio líquido expedía un penetrante olor como de orines descompuestos.

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Pero la sed acosó y acosó a los dos insensatos sujetos, quienes parados en la orilla del charco, se vieron obligados a separar con sus propias manos la nata, contener el olfato, acercar su boca directamente al charco y tomar de la fétida mezcla.


Luego de saciar su insoportable sed, arrepentidos de  su insensatez, exclamaron que aquella definitivamente si era el agua más sabrosa que habían tomado en toda su vida. Por eso, nuevamente llenaron sus calabazos con aquel amoniacal líquido, pudieron encontrar el camino y reanudaron su viaje, prometiendo y enseñando  a todos que siempre cuidarían el agua aunque ya no la necesitaran.      (Autor: Anónimo)

EL PEZ ALEGRÍA

 

Cuando el primer pito de la Refinería sonó, el de la mañanita de aquel día, ya mis dos hijos brincaban en mi cama tratando de despertarme. En realidad, ya hacia rato que me había despertado, pero me hice el dormido para observar bien su intenso deseo de ir a aquella su primera jornada de pesca. Nunca olvidaré como brillaban sus ojos y su tierna voz tartamudeaba intentando pronunciar todas sus preguntas al mismo tiempo.  Lombrices, tripas, anzuelos, cuerdas, cuchillo, sal, fósforos y hasta tabaco (no obstante que no fumábamos) habían alistado desde el día anterior. Y ya a esa hora estaban correctamente ataviados; para el caso: con su mochila, su sombrero y ropa gruesa que pudiera proteger de los mosquitos.

 

Por el camino, casi trotando sobre los resecos cascotes de asfalto, solamente hablaban y preguntaban de peces. Hasta podía leer en sus ojos sus figuraciones halando algún incauto pececillo con su rústico anzuelo. Por mi parte, solo rogaba que no ocurriera lo mismo que cuando muy niño fui con mi abuelo, también a mi primera jornada de pesca al Río Sogamoso, que ningún pez quiso tragar nuestras carnadas. El viejo, en la Gasolinera que nos trajo de regreso a Barrancabermeja, a lo largo de la Carrilera, visiblemente frustrado, no pudo más que explicarme repetidamente el carácter caprichoso de los peces para elegir su comida, eso buscando que a mis seis años lo entendiera, sobre todo porque en el mismo sitio, otros pescadores que nos acompañaron aquel día si sacaron barbudos, mohinos y blanquillos.

 

Igual que como hice con mi abuelo, mis hijos también me interrogaron desde varios días antes acerca de inquietantes temas: que si un pez podía arrastrar o comerse a un hombre; si era cierto que el Mohán salía en todas las aguas y se llevaba a quien no le diera sal y tabaco; si ciertamente en La Chava, Las Parrillas y Kikelandia aparecía un duende bajo el agua, el cual se había llevado a muchas personas; si yo había visto alguna vez el Mohán... Obviamente, como lo hizo mi abuelo, también, con cara muy seria, respondí todo con un convincente sí. Pero, al parecer no existe monstruo ni fantasma capaz de frenar la curiosidad infantil y menos cuando ella es alcahueteada por el amor de un adulto, por eso, ni siquiera pude retardar aquel aventurado viaje. De ahí que a las ocho de la mañana ya estuviéramos encaramados sobre una empalizada de la San Silvestre, justo en el misterioso rincón de Las Parrillas. Desde allí lanzamos los anzuelos, por sobre la taruya, hasta un claro que, por su aspecto fresco y calmado, parecía morada frecuente de peces. Los minutos empezaron a pasar, luego las horas y ningún pez mordía. A lo mejor no les gustaba nuestras carnadas, pensaba recordando a mi abuelo y simulando gran confianza. En medio del profundo hastío que produce esperar a quien no ha quedado a llegar, podía adivinar las innumerables preguntas que mis hijos querían hacerme. Menos mal que previamente los había engatusado advirtiéndolos de no hablar mientras pescábamos, porque se espantarían los peces. Aunque, buscando calmar su intensa curiosidad, de vez en cuando, les susurraba al oído algún comentario o explicación pertinente.

 

Después de varios descansos, de perder algunos anzuelos por enredo, de cambiar sitio y carnadas, algo picó en mi anzuelo. Mis hijos lo notaron y enseguida me rodearon. Sentí la engullición de la carnada mediante un fuerte tirón del animal que por poco me arrebata el palo-boya de las manos. Entonces, azoqué la cuerda con fuerza y allí, en el extremo que salió del agua, sacudiéndose desesperadamente, con el anzuelo desgarrando su boca, estaba un pez nacarado y bello.

 

Era un mediano Comelón (Mohino), de esos que se crían en la San Silvestre devorando carroñas. Lo agarré suavemente buscando tranquilizarlo. Creo que me miró con sus redondos y fijos ojos de arco iris. Acaricie sus rosadas aletas. Palpé su perfecto cuerpo y sentí su vida protegida entre sus escamas vibrando en mis manos. Primero muy fuerte, luego más lentamente, como si de veras se estuviera tranquilizando. Mis hijos también lo palparon; curiosearon con sus manitas infantiles todo su cuerpo: lo mimaban delicadamente cual si acariciaran un misterioso tesoro recién hallado.

Rápidamente saqué el hiriente metal de su boca, cuidando minimizar su dolor. Pensé que así lo entendió el bello animal, porque ni siquiera se movió. Mas, en aquel momento me invadió un profundo pesar. Tal vez el mismo pesar que sentía aquel maravilloso ser, por dejar su agua fresca, sus olas bamboleantes, su descendencia, sus amigos y hasta sus enemigos.

Eso me hizo sentir miserable y se lo explique a mis hijos. Entonces nos miramos los tres, mentalmente llegamos a un reparador acuerdo, por eso enseguida  retorné el hermoso animal al agua ante la mirada complacida de mis hijos. No obstante, el pobre no nadó. Extrañamente empezó a flotar boca arriba, con sus aletas extendidas y quietas, como si estuviera bromeando o durmiendo placenteramente sobre el acuoso colchón.

Pero, de repente emergió del fondo una enorme Babilla de abultados ojos brillantes y larga cola dentada cual rústica sierra. Como un rayo, sin que yo pudiera hacer nada, lo atrapó entre sus mandíbulas. Lo trituró tres veces con sus filosos dientes, se lo tragó y desapareció en la profundidad. Sólo una mancha roja quedó en el sitio, la cual se fue disipando lentamente, hasta desaparecer entre una marejada de diminutos y brillantes pececillos danzarines.

 

En aquel momento dejé de sentirme miserable y en cambio empecé a sentirme el más miserable de todos los seres.

Jota, mi hijo mayor, con sus apenas seis años de edad, notando mi profunda congoja, me dijo:

—No te preocupes Pa´, nos comeremos la arepa que trajimos junto con el pedazo de panela.

Erre, mi otro hijo, agregó:

—Pa´, al menos la babilla si pudo calmar su hambre con el pescadito. ¿Si viste la forma como lo devoró? Seguro la pobre debía tener varios días sin comer, —explicó mi hijo.

Entonces, miré y abracé a mis hijos, porque recordé una explicación parecida que mi abuelo me dio, cuando yo era niño, un día que un Caimán de Porra le arrebató un cochino de sus manos en la desembocadura del Caño Cardales.

 

Abrumados por los hechos no quisimos seguir anzueliando. Como ya era de tarde, más bien nos comimos la tostada arepa, con unos icacos que habíamos recogido por ahí. Luego, tomamos agua, nos echamos un terrón de panela en la boca y regresamos a casa, claro, sin Comelón. Sin embargo, igual que en mi caso, cuando fui aquella primera vez a pescar con mi abuelo, nunca vi a mis gemelos tan contentos, como cuando regresábamos aquel día de su primera jornada de pesca. En el camino, su profusa charla y su sonriente rostro lo decía todo: indudablemente, aquel día, mis dos hijos también habían atrapado el Pez Alegría.

                                      U V C:

                                      Barrancabermeja. Sep. 06/2004 
LOS TESOROS
RANGELANOS



Cuentan que cuando Mano Pedro Rangel, a raíz de una penosa enfermedad, sintió la proximidad de la muerte, llamó a sus tres únicos hijos: Elías, Felipe y Pedro y les repartió su enorme riqueza. Elías rehusó recibir su parte y enguayabado por la enfermedad de su padre se fue con rumbo desconocido. Felipe, también llorando, se fue a buscar algún remedio que le prolongara la vida a su papá. Poco tiempo después, el viejo murió y Mano Pedro Rangel (hijo) tuvo que encargarse de toda la gran riqueza. Pero no deseando tocar las partes de sus nobles hermanos ausentes y fiel a la honestidad heredada del viejo, decidió esconder cada una de las partes en sitios distintos y se dedicó a administrar la parte suya.

Mano Pedro (hijo), siendo el menor esperaba que sus hermanos aparecieran antes de él morir, para indicarles personalmente el sitio donde guardaba su parte de herencia. Pero el tiempo pasó, a los noventa y cinco años de edad el viejo murió; de Felipe alguna vez se rumoró que una culebra lo había matado en la región de La Peña; de Elías nunca se volvió a tener noticias. Y el finado, considerando el gran tamaño de aquellas riquezas, no quiso confiar el secreto ni siquiera a sus propios hijos. A ellos, respecto al asunto, solamente les dijo que: hasta la tercera descendencia de sus hermanos, si se presentaban unidos, sabrían fácilmente hallar el sitio. De lo contrario, en honor de la gran bondad que le conoció a Elías y a Felipe, sólo dos buenos corazones unidos, como los de sus hermanos, verían las señas que los podrían conducir hacia aquellos dos tesoros.

Mano Pedro (hijo), desde varios años antes de morir, afirmaba que sus dos hermanos ya eran finados; decía que a eso se debían ciertos aromas distintos muy agradable que sólo él percibía en dos sectores de los extensos predios heredados.

El viejo recordaba que aquellos olores eran los perfumes preferidos de Elías y Felipe. Los sitios correspondían a las partes de tierras que su papá  designó a los dos, las cuales él vendió posterior mente para guardar el producto de su venta junto con las demás riquezas heredadas. El aroma desapareció de los predios después de vendidos estos. Se dice que los mismos se trasladaron para dos sitios conocidos como “El Mango de Revuelta” y “Los Algarrobos.” El primero ubicado en la región de Poncio y el otro en La Angostura, ambos en límites entre Guamal y El Banco. Se sabe que tanto el mango, como los dos algarrobos fueron sembrados por el viejo cuando ya su padre murió y les dedicó muchos cuidados, hasta asegurarse que crecieran y perduraran, diciendo que lo hacia para que sus descendientes lo recordaran.

El mango (cuyo nombre proviene del apellido de un yerno de don Pedro, quien con su esposa heredó aquel predio y solía retozar bajo la sombra del frondoso árbol)  sigue allí, a la vera del camino real, muy mencionado en la región, porque es el sitio donde los solitarios transeúntes, posterior a la muerte del viejo, dicen percibir extraños aromas, escuchar ruidos de jinete y ver celajes despla zándose de un lado a otro del camino. Se afirma que los extraños sucesos se presentan casi siempre que un solitario adulto pasa por el sitio con niños aun inocentes y son mas frecuentes en cierta época coincidente con la fecha de fallecimiento de Mano Pedro (hijo).

En los algarrobos, después de la muerte del viejo, también se empezó a observar una viva luz, que se desplaza por el suelo desde el pie del árbol ubicado al sur hacia el localizado en el norte. La aparición siempre se da acompañada de una especie de murmullo como de varios niños que juegan y cuando todo se calma, queda en el ambiente el aroma de un misterioso perfume. Las apariciones en Los Algarrobos, contrario a las del “Mango de Revuelta,” no se dan en presencia de menores, sus observadores casi siempre han sido adultos soli tarios, duetos y hasta tríos.  

Dándole fe a los rumores de la gente, seguramente en los sitios descritos, yacen ocultos dos entierros de la gran riqueza rangelana. El árbol de mango y los de algarrobo serían las marcas que su encargado colocó. Los aromas que se perciben en ambos sitios constituirían las señas dada por sus dueños a los destinatarios para su localización, tal como Mano Pedro (hijo) lo insinuó antes de morir. Pero lo que sí sigue siendo un misterio es la relación de las apariciones en ambos sitios con la presencia o no de niños. Aunque se dice que el asunto puede deberse a la condición puesta por Mano Pedro, en cuanto a que si no aparecían herederos, sólo dos buenos corazones unidos, como el de niños inocentes, podrían hallar la riqueza dejada por sus dos nobles y bondadosos hermanos.
                                                                             Por: UVC.


EL PERRO NEGRO DE CORRALITO


Entre Urquijo y Guaimaral, por el camino de la trocha, hubo en el pasado una hermosa Posesión.  Bajo un espeso bosque de Olivos, Dividivis y Pacitas, un noble hombre construyó su casa y vivió allí con su señora.  Las blancas paredes de la casa hacían gracia con la espesura de aquel bosque.  En el suelo, de aspecto arenoso, crecía la paja sabanera, alimento del Conejo Barcino, el cual abundaba silvestre en el lugar.  Bajo los árboles, las bandadas de palomas Rabo Blanco, Guarumera y Torcaza mezclaban sus arrullos.  El noble hombre levantó allí una inmensa cría de chivos, por lo que debió construir numerosos pequeños corrales para guardar sus caprinos.  Por eso la gente empezó a llamar la Posesión con el nombre de Corralito;  nombre que el dueño aceptó gustosamente, por lo que lo colocó en la pared del frente de la casa principal.  De noche o de día, la gente que se dirigía de Urquijo a Guaimaral o viceversa, siempre entraba a Corralito a saludar o hablar con el chivero y su mujer.  Agua fresca, un saludo cariñoso o una conversación amena siempre estaba disponible en la casa de Corralito para los caminantes.  En la región, eso era lo habitual en cualquier Posesión ubicada a orilla de camino.
Cuando ya llegaba a sus cuarenta años de edad la pareja de Corralito completó su felicidad al procrear dos niños varones en un solo parto.  Como siempre ocurría, la gente de la región también se congratuló con el suceso tan feliz ocurrido a la pareja de chiveros.

Con el correr del tiempo, la crianza de los niños fue avanzando.  Todo parecía normal para los caminantes que visitaban a Corralito.  Los visitantes veían el mismo cariño y cordialidad del noble chivero y su mujer,  así como la mirada expectante de los dos primogénitos de la casa.

Por lo separado del sitio, aquellos niños crecieron sin contacto con otros niños vecinos y tal vez extremadamente mimados por sus padres.
Cuando los niños llegaron a sus ocho años de edad, ya se rumoraba en la gente su anormal comportamiento para con sus padres.  La desobediencia, el irrespeto, la grosería, etc. se decía que se había apoderado de los dos muchachos.  Los rumores aumentaron cuando algunos caminantes que frecuentemente pasaban por Corralito empezaron a ver en los alrededores un extraño y enorme Perro Negro, cuyos grandes ojos parecían como de fuego y su larga lengua roja parecía brillar.

El extraño animal aparecía y desaparecía súbitamente detrás de cualquier árbol.  A veces caminaba delante de los transeúntes, a veces se le veía andar, con su enorme lengua roja afuera, detrás de las personas.  Nunca se le veía fuera del perímetro de Corralito.  Muchas personas aseguraban haberlo visto entrar a la casa del chivero.  Pero se sabía que la familia no tenía ningún perro así.  Inicialmente el animal parecía inofensivo, pero con el paso del tiempo, varias personas aseguraron haber sido intimidadas por aquel animal.  Afirmaron que se colocaba delante esgrimiendo sus amenazadores colmillos y moviendo sus grandes ojos como brazas incandescentes.

Eso hizo que el camino que pasaba por Corralito dejara de ser transitado por sus habituales transeúntes.  El hermoso paraje empezó a convertirse en un sitio triste, y tenebroso. Todos evitaban, en lo posible, pasar o visitar a Corralito.

Mientras tanto, de la familia se rumoraba que el noble hombre y su señora, al parecer, se habían convertido en víctimas de la maldad de sus hijos.  Debido a que pocas personas se arriesgaban a pasar por el lugar ya no tenían a quien encargarle sus mercaderías de Urquijo o de Guaimaral.  Por eso, uno de los dos tenía  que ir a la tienda, mostrándose arañados, golpeados o quemados.  A sus amigos explicaban que habían sufrido algún accidente casero.  De sus hijos explicaban siempre que estaban bien en casa.

Así pasó algún tiempo y de Corralito cada vez se sabía menos en Urquijo y en Guaimaral, pues la familia poco a poco dejó de ir al pueblo.  Los vecinos más allegados a la familia empezaron entonces a sospechar alguna enfermedad.  Por eso, se propusieron visitar a la distanciada familia.

El día que lo hicieron encontraron a los dos viejos encerrados en el cuarto de su casa.  Las puertas y ventanas del cuarto estaban fuertemente amarradas por fuera.  Los dos muchachos jugaban normalmente en el patio.  En el cuarto la pareja tenía señas de haber estado encerrada varios días.

El chivero y su señora explicaron que un individuo que los había visitado el día anterior, los obligó a entrar al cuarto, dejó los niños afuera, amarró las puertas y ventanas y los amenazó que si salían, volvería, los encerraría y prendería fuego a la casa.  Por eso ellos no permitieron a sus hijos que intentaran soltar las puertas o fueran al pueblo a avisar.  Solamente les pedían que le entraran frutas por las rendijas para mitigar el hambre.  Aquella versión resultaba extraña para los vecinos, ya que en la región todos se conocían entre sí y nadie había visto forasteros en el entorno.  Los vecinos liberaron a la pareja y acordaron una nueva visita.

Cinco días después, los vecinos volvieron a casa de la familia y no les agradó la escena que encontraron.  La pareja estaba semidesnuda, amarrada en uno de los ranchos de la casa.  Al parecer habían pasado allí varias noches ya que sus cuerpos estaban afectados por las picaduras de mosquitos.  Los dos muchachos jugaban en los Corrales con los chivos.  El noble hombre volvió a explicar a sus vecinos que el extraño individuo los había puesto allí, insistiendo con  sus amenazas.

Aquella situación se repitió varias veces, por eso los vecinos decidieron montar guardia sin decirle a la familia.  Así podrían sorprender al cruel visitante de Corralito.  Sin embargo, aun con los guardias, los dos esposos aparecían con quemaduras, golpes o rasguños en sus cuerpos.

Las cosas siguieron así durante algún tiempo, hasta que los vecinos, cada vez más preocupados por la suerte de aquella familia, decidieron vigilar más directamente  los extraños sucesos que originaban las torturas de los chiveros.  Casi contra la voluntad de la pareja, algunos vecinos empezaron a quedarse en Corralito.  Así las quemaduras y rasguños cesaron y todo parecía normalizarse.  Pero el enorme perro negro seguía asustando a los vecinos que visitaban a Corralito.  Les inquietaba también a los vecinos la poca comunicación que los dos muchachos mantenían con sus padres.  Estos poco hablaban entre sí y cuando los vecinos se referían a ellos, inmediatamente se ausentaban.  No participaban en las labores de la cría.  Los alimentos los agarraban de la mesa y se retiraban a ingerirlos en otros sitios apartados de la casa, siempre solos.

Ciertamente, el comportamiento de aquellos dos muchachos no correspondía a lo usual, pero los vecinos creían que se debía a lo apartado del sitio de crianza.
Así continuó pasando el tiempo, hasta que un día, extrañamente el noble chivero se acercó a sus hijos para pedirles que fueran al pueblo por unas mercaderías.  Aquel día los vecinos se sorprendieron al ver el grado de desobediencia, altanería y grosería de los dos muchachos para con sus padres.  El noble hombre, avergonzado ofreció disculpas a sus amigos visitantes por el mal comportamiento de sus dos hijos.
Los vecinos empezaron entonces a sospechar sobre la participación de los muchachos en las torturas presentadas por sus padres.

Los groseros muchachos se calmaron y se escondieron detrás de unos árboles en el patio de la casa.  Uno de los vecinos se ofreció ir por las mercaderías.  Aquel día transcurría normal, hasta la hora del almuerzo, cuando la señora del chivero llamó a sus hijos para que se acercaran por la comida.  Los muchachos contestaron gritando soezmente a su mamá. Al instante  todos los animales de la casa se espantaron, corriendo despavoridos hacia la casa.  En los árboles donde estaban los muchachos, un viento remolinado retorció las ramas.  Un ruido como de varios perros peleando salió del sitio, pero todos los perros de la casa, en aquel momento estaban en la cocina.  Un fuerte olor a azufre se dispersó en el ambiente. Aquello duró unos diez minutos. Cuando todo se calmó, los visitantes y la pareja se dirigieron al sitio donde estaban los muchachos.  Allí los hallaron con las ropas desgarradas y con arañazos en todo el cuerpo, como si un feroz felino los hubiese atacado.  Ninguno de los dos podía mantenerse de pie y su habla no se podía entender, como si algo le obstruyese la articulación.

Los vecinos llevaron los muchachos hasta la casa.  Varios curanderos y prácticos llegaron a Corralito intentando reanimar a los dos muchachos infructuosamente.  El enorme Perro Negro ahora se aparecía más frecuentemente.  Se le veía a determinadas horas merodear en los alrededores de la casa donde estaban los muchachos.  Todas las personas que visitaban solidariamente a la familia lo  veían salir de los matorrales o desaparecer tras ellos súbitamente.

Aquella situación se prolongó largo tiempo sin que los muchachos mostraran signo alguno de recuperación. Antes por el contrario, sus capacidades vitales cada día disminuían ostensiblemente. Así pasó todo hasta que una mañana, en pleno verano, una fuerte y extraña tormenta eléctrica azotó casi exclusivamente el predio de Corralito. Preocupados por protegerse de los rayos, todas las personas que se hallaban presente, se acomodaron en algún rincón de la casa. La tormenta cesó pronto. Cuando ello ocurrió volvieron a percatarse de los muchachos. Pero estos ya estaban sin vida, parecía como si la extraña tormenta hubiese ocurrido para distraer a los visitantes mientras la del garabato entraba por el alma de aquellos dos seres.

Durante el resto del día y la noche, los dos cuerpos fueron velados en su casa, dispuestos en los ataúdes respectivos. Los afligidos padres dispusieron realizar el entierro en la mañana siguiente.  Por la mayor cercanía el entierro se programó en el cementerio de Urquijo. A la hora prevista, numerosos vecinos de Urquijo, Guaimaral y Posesiones vecinas llegaron prestos a Corralito para acompañar el funeral cargando los dos ataúdes.  El entierro marchaba normalmente, hasta que en un recodo del camino, todavía en predio de Corralito, el enorme Perro Negro apareció amenazadoramente frente al grupo.  Palos, piedras y machetes no fueron suficientes para rechazar a aquella enfurecida fiera.  Quienes cargaban los ataúdes debieron bajarlos apresuradamente y retroceder, con el resto de la multitud, huyendo del tenebroso animal.  Toda la multitud vio como aquella fiera llegó hasta donde quedaron tirado los ataúdes, los arañó a ambos todo erizado,  escarbó con sus patas delanteras y traseras la tierra, emitió un espeluznante aullido y enseguida desapareció internándose en el matorral.  La multitud, cautelosamente se volvió a acercar a los ataúdes.  Los cargadores volvieron a levantarlos y reanudaron la marcha.

Al parecer todo siguió normal, excepto el peso de los ataúdes que, según quienes ya los habían cargado, ahora parecían estar vacíos.  Hasta las mujeres palparon el peso de los dos cajones antes de introducirlos en sus tumbas, para confirmar que ciertamente parecían no tener ningún cadáver dentro.  Por respeto a los padres de los difuntos muchachos, ninguno se atrevió a destapar los livianos cajones para verificar las sospechas.  Por el contrario, fueron introducidos rápidamente en dos profundos huecos y tapados cuidando apisonar fuertemente la tierra.

La noble pareja no volvió a Corralito, abandonaron aquel paraíso.  Igual hizo la gente, abandonaron definitivamente dicho camino.  Todos empezaron a considerar a Corralito como un recinto de Lucifer.  El rumor de que el enorme Perro Negro, en representación del diablo, se había cargado en cuerpo y alma a los dos malvados muchachos, se difundió en todos los confines de la región, pues, según se afirmaba, sus dos ataúdes se enterraron vacíos.
Comentario: Los perversos siempre terminan en las fauces de la perversidad.

                                                                          Por: UVC
LA ORACIÓN DE LA MUERTE

No la creó ningún Santo que se sepa, tampoco fue creación de los abuelos que inventaron el Cuco para asustar a los muchachos traviesos e insurrectos.  Pero desde los años upa, de boca en boca, circuló por caseríos  y caminos la oración de la muerte. Aunque de tal la gente escuchaba no más los cuentos; nunca querían escuchar su contenido y por eso  pocos la aprendieron.

Después de todo, ¿para qué aprender una clandestina oración que, siendo de la muerte, no mataba plagas, malezas o calmar tempestades?  ¿No servía para atraer riquezas y amores ni para curar enfermedades puestas? Además, la iglesia podía excomulgar a quien se le probara saberla.

Pero fue temor por lo que sólo pocos aprendieron la susodicha oración, porque muchos confesaron  temblor en los pantalones para saber anticipadamente la hora  de pelar el bollo.

Y no era para menos, puesto que nadie quería sentir los mismos padecimientos de los finados Régulo Gutiérrez en Momposina, Pablo Méndez en Macondito, Ciro Torres en Menchiquejo, Carmen Ospino en Chiriguanita, Martín Cadena en Mandinguillita y demás casos reseñados en noticias llegadas de otros pueblos, quienes un día, sin más allá ni más acá,  se deschavetaron y empezaron a despellejar animales vivos, a lanzarse a pozos profundos o se encerraron en un cuarto a gritar. Y lo mas grave, quemaron sus casas y pertenencias, golpearon amigos y familiares, se gastaron todo lo que tenían y por último se prendieron fuego vivos.

Aunque en todos estos casos seguramente fue mera coincidencia que los Inspectores de Policia no pudieran aplicar ningún castigo por el desorden público causado, debido a que tres días después cada uno de los infractores había estirado la pata.

Seguramente también fue coincidencia que justo tres días antes todos los infractores presentaran el mismo síntoma; es decir, se pusieran a gritar desesperadamente rogando que se dejara de sonar cierta campana que nadie mas  escuchaba.

Pero, en todo caso, Juan Pueblo si la echó por otro lado: por el lado del viejo runrún popular de la oración de la muerte, según el cual, el mismo ángel “garabatudo” prometió alguna vez a alguien, que otorgaría la dicha de escuchar el patético clan, clan, clan del otro mundo, con tres días de anticipación a quien aprendiera su oración.

Según el runrún popular, así fue como fueron noticia los cuantos valientes que por allí aprendieron la letra del “Garabatend,” por cuantos todos desenfrenaron su cordura y bailaron su despedida desde tres días antes de partir para el otro mundo.

Finalmente, como siempre hay por ahí mucho incrédulo, se da fe que todo lo antes dicho fue cierto. Y ahora que ya se sabe, el que quiera, con toda libertad, también puede gozar su propio "end." Para lo cual no más se deben vencer ciertos temores, armarse de valor y leer en el orden suyo, aunque sea una sola vez, la letra del “Garabatend,” como se dice en costeño “oración de la muerte,”  cuyo contenido, en desorden, se escribe aquí en alguna parte y del cual se puede saber, sin compromiso, que son cuarenta y siete palabras, contando dos veces unas pocas que se repiten.  El autor anima un poco informando que la primera palabra es "oh" y "eterna" la última.

GARABATEND: (Os ruego que permitáis ángel guías el fatal sueño oh profundo mundo del tranquilo llegar para cuando siempre nos queden tres campanadas a mis materiales jornadas vuestra última morada haced despedirme antes de amortajarme hacia tus conciencia en mi sonar eterno te lo funestas).

Como seguramente ya el lector tiene los sesos rotos y todavía no ha descubierto la letra correcta del “Garabatend,” para que éste cuento siga aumentando, puede contar los días que aun le quedan de vida con los siguientes números:  (10, 5, 8, 3, 19, 6, 35, 7, 9, 11, 1, 2, 3, 32, 33, 34, 4, 31, 13, 12, 16, 18, 30, 38, 39, 37, 36, 44, 22, 17, 20, 24, 21, 28, 26, 25, 42, 43, 2, 16, 15, 14, 23, 27, 29, 41). Los cuales, con respecto al “Garabatend,” enseñan que la décima palabra es la primera, le sigue a esa la quinta, después la octava, la tercera y así sucesivamente.
La dicha de descifrar esta numerología, está en que cualquiera, si lo desea, podrá escuchar también clan, clan, clan tres veces tres días antes de su epílogo final, sin menester de deschavetarse ni prenderse fuego vivo.

Hasta aquí habría quedado dicho todo acerca del mito de la Oración de la Muerte, de no haber existido, también desde los años upa,  las bromas y los bromistas. Lógicamente, este  caso sólo pudo ocurrir en el caserío  La Chunga, donde nació, vivió y murió Gregorio Camargo, a quien cariñosamente no se le decía Goyo, como a todos los Gregorios, sino Gayo, atendiendo a la habitual alegría que siempre caracterizaba todas sus acciones. Los vecinos de Gayo en La Chunga se enteraron que el hombre había aprendido el “garabatend,” de ahí que, a falta de una campana en muchas leguas a la redonda, se las ingeniaran para producir el sonido de una campana golpeando un enorme caldero con un cavador. Así le sonaron a Gayo las tres campanadas tres veces tres días antes de cumplir los cincuenta años. Todos los vecinos y la familia acordaron simular que no escuchaban ningún sonido de campana, por eso el pobre Gayo cuando,   muy temprano en la mañana, escuchó el primer clan, clan, clan, empezó a pedir que le echaran gotas de hoja de orégano tibia en los oídos, porque, según él, le estaban fallando, ya que escuchaba ruidos raros.

Antes del almuerzo, acorde con el plan trazado, todos en La Chunga volvieron  a escuchar tres campanadas que retumbaron únicamente en los oídos de Gayo.  El hombre volvió a pedir que le echaran gotas, esta vez de Linimento Veneciano, porque al parecer sus oídos estaban empeorando.

Lógicamente, para el caso ninguno en La Chunga encontró su frasco de Linimento en casa y nadie quiso echarle gota alguna a sabiendas de que los oídos de Gayo realmente estaban muy bien, pero lo disimulaban.

Gayo, que ya no se veía tan alegre como de costumbre, decidió entonces ensillar un caballo para ir lo más rápido posible a otro pueblo a buscar algún remedio efectivo para el zumbido en los oídos. A eso de las tres, cuando el hombre colocó su pie en el estribo para montar e ir a buscar el remedio, sus amigos le sonaron las tres últimas campanadas. Y ahí si fue, como se esperaba, a Gayo le cayó una gota fría, se olvidó del remedio para los oídos y empezó a venderle todo lo que tenía a sus amigos a cualquier precio. Toda la noche la pasó negociando, tal que al día siguiente, entre cuentas por cobrar debidamente testificadas, efectivo y otros bienes inventariados, ya tenía cuantificado y valorado su patrimonio. En la tarde reunió a su familia, a un par de testigos de mucha credibilidad  y en su presencia dictó su testamento; allí especificó en su propia voz la distribución de los bienes entre los miembros de  su familia.

Como él mismo exigió que no le pidieran explicaciones, todos aceptaron la decisión sin decir nada. Eso sí, se reservó un saldito efectivo comentando que lo necesitaba para pagar unos tragos que se echaría al día siguiente, cosa por demás extraña porque el hombre poco acostumbraba tomar.

De todas manera, el segundo día Gayo se estacionó frente al ventorrillo del caserío a orilla del camino con varios calabazos de  “tapaetuza,” medio chapeto repartía trago a todo varón que pasaba. Total, por la tarde el hombre estaba ya piao, cantando y diciendo que el destino era muy injusto con él porque no lo dejaba vivir siquiera un año mas para disfrutar la vida. En fin, el hombre se confesaba con todo el que pasaba, aunque los forasteros no le entendían ni pío.

El tercer día Gayo amaneció con el ánimo en los tobillos y el guayabo en la cabeza. Los promotores de la broma lo vigilaban, haciéndole compañía aduciendo que querían acompañarlo con motivo de  su cumpleaños cincuenta. Aquel día sus amigos tuvieron que persuadirlo varias veces de peligrosas intentonas como: lanzarse al aljibe, montarse a altos árboles y, por su puesto, no le soltaban fósforo ni para prender el tabaco, porque a cada rato decía que necesitaba hacer cierto trabajito con fósforos.

A medida que se acercaba la media noche y, de ese modo, el final del tercer día, el grado de angustia le aumentaba a Gayo, así que sus acompañantes se las arreglaron para dormirlo durante el resto de la noche, esperando que el hombre amaneciera más tranquilo. Pero no fue así, cuando Gayo despertó al día siguiente   naturalmente creyó estar en el más allá, aunque no entendía el porqué la presencia también de sus amigos allí, ni lo del parecido del sitio con La Chunga.

En todo caso, el hombre se preparó para su morar eterno en la paz del Señor. Así pasó aquel primer día y también el segundo, escudriñando todo en su nuevo mundo. Sus amigos, aburridos de tener que vigilarlo por todas partes, ya preocupados por su salud mental y sin encontrar la forma de hacerlo reaccionar para que volviera a la normalidad, decidieron llevarlo hasta donde tenían el “caldero-campana” escondido y se lo sonaron nuevamente. Efectivamente, el hombre entendió al instante que sus amigos le habían jugado una buena bromita.

Pero como buen Chungueño, Gayo también era respetado, cuando de hacer bromas se trataba, por eso se hizo el que no había entendido nada y siguió aparentando que continuaba viviendo en el más allá. Él sabía que sólo haciéndoles una mejor broma a sus amigos podría desquitarse de la  insoportable mamadera de gayo que le esperaba. De esa manera, cinco días después amistades y familiares lloraban desconsolados y arrepentidos por la locura que le habían infringido a Gayo Los promotores de la broma se le arrodillaban delante pidiéndole perdón, lo mismo su familia por haber patrocinado el hecho. En fin, el pesar y el ruego de perdón en La Chunga y Posesiones circunvecinas, hasta donde llegó la noticia, aumentó tanto que el mismo Gayo no soportó más y tuvo que soltar la risa frente a sus amigos, cuando realizaban una muy sincera sesión de oración y ruegos al altísimo por la recuperación de su salud mental.

Así terminó aquel singular embrollo, no sin antes anular todos los negocios,  el testamento hecho y demás compromisos antes contraídos. Los varones aprovecharon para agotar las existencias de “tapaetuza” en La Chunga mediante tres  días de parranda. Allí Gayo pescó una soberana borrachera que al parecer le borró de la memoria la Oración de la Muerte, porque sus amigos y familiares tuvieron que aguantárselo sesenta años más mamándoles gayo cada vez que se acordaba. Incluso, como en los pueblos  si al moribundo se le ocurre pedir heces fritas con cebolla,  seguro, en menos que canta un gallo, los vecinos traen varios platos, el catano, el día que murió los hizo taparle los oídos y  traer  el enorme caldero al frente de su cama, para lo cual tuvieron que quitar la puerta y un pedazo de pared, Después, cuando ya vio el enorme caldero frente a su cama, soltó una débil carcajada, la misma que antes producía vigorosamente cuando hacía una buena broma; luego les sonrió a todos y se  fue esta vez sí hacia el más allá.

¡Vaya viejito, vecinitos! y pueblito! Con razón las nuevas generaciones del caserío, dizque olvidando la costumbre de las bromas y el antiguo nombre del pueblo, empezaron a llamarlo: La Linda. O sea, también le mamaron gayo a Gayo, puesto que el pobre ya no sería Chungueño sino  Lindeño.
Comentario: De la muerte lo que verdaderamente mata es el miedo que produce su proximidad.

                                                                           Por: UVC
LOS LINGOTES DE ORO
DE LA ESPAÑOLA EN ELVIGÍA



Doña Elvira creyó que ciertamente  el local mantenía desocupado y el arriendo era barato por estar ubicado justo frente a la puerta del cementerio (como afirmaba su dueño). Ella tampoco sabía que en aquel pueblo (El Vigía Estado Mérida Venezuela) hubo ferrocarril. De ahí que necesitando un local para iniciar su fresquería y ganarse la vida, tomara el amplio sito en arriendo, con promesa de compra aprovechando el bajo precio que el dueño pedía.

En realidad, en el sitio no permanecía mucho público, salvo las peligrosas pandillas de malandros y trabados que merodeaban y vivían allí escondidos de la ley. Los tumultos se formaban únicamente cuando había entierros y fijo el día de los difuntos. Por eso se incluyó venta de velas y demás productos para ofrendas fúnebres.

No más el día de los difuntos se realizaba la venta del año, cosa que estimuló a doña Elvira a comprar el local. Pero justo un día después de cerrado el negocio, la nueva propietaria, a eso de las seis de la tarde, observó candela en el centro del cementerio. Creyendo que alguna vela iniciaba un incendio o que los malandros habían encendido fuego, lo que significaba gran peligro para los pocos vecinos del lugar, decidió ir a apagarlo. Pero buscó en todos los rincones del cementerio y no encontró el presunto incendio, ni rastro de fuego en ninguna parte.
Doña Elvira, aquella tarde, abandonó el sitio convencida de haber observado un fenómeno de los que la gente dice ver con frecuencia en los cementerios y se dedicó a preparar los productos para vender al día siguiente durante dos entierros que estaban anunciados. Sin embargo, a partir de entonces extrañas apariciones empezaron a inquietar a doña Elvira. A menudo, desde su negocio observaba avivado fuego en  ciertos sitios del cementerio, cuando el lugar quedaba solo durante el día. En las noches, además de fuego, veía el celaje de una dama que se desplazaban entre las tumbas. Tiempo después, en las madrugadas, veía a la dama salir del cementerio y dirigirse hacia la puerta de su negocio, donde desaparecía misterio samente.

Doña Elvira no sentía miedo al ver la dama y solo se le aparecía a ella. Siempre lucía elegante vestido gris y sombrero del mismo color. Era alta, delgada, blanca, de cabello negro largo y trenzado En cierta época las apariciones cesaban pero cuando regresaban aparecían con más frecuencia.

Doña Elvira dejó de inquietarse por la enigmática dama y por las burlas de sus amistades, quienes al no creerle, a menudo le preguntaban por su clienta del cementerio. Eso fue hasta cuando sus hijos se mudaron a una vivienda cercana porque en el local no quedaba espacio para habitación y ella se quedó durmiendo sola, a fin de cuidar el negocio. Aquella madrugada, la dama apareció en la entrada del cementerio, atravesó la calle y golpeó suavemente la puerta del local durante tres veces en forma pausada. Por precaución doña Elvira no se atrevió a contestar ni abrir.

El hecho siguió repitiéndose dos o tres veces en la semana siempre que la anfitriona quedara sola. Incluso, a veces también llamaba en forma persistente diciendo: “señora, por favor ábrame.”

De ese modo, una madrugada dispuesta a todo, doña Elvira decidió responderle desde adentro:

—¿Quién es usted y qué necesita? —preguntó la anfitriona.
—Ábrame un momento que deseo contarle algo, —respondió la dama.
—¿Por qué no viene y me lo dice después de la seis cuando abro al público, —interrogó doña Elvira.
—Porque a esa hora ya no puedo, —explicó la dama, a tiempo que insistía en que le abrieran.

 Aquella madrugada doña Elvira no se atrevió a abrir, pero como el suceso se repetía día a día, se llenó de coraje y una madrugada decidió abrir y escuchar a la misteriosa dama, aún a sabiendas que podía tratarse de un espanto. Así ocurrió, de ese modo, ya frente a frente, la mujer le confesó que inmigró de España con los empresarios encargados de construir un ferrocarril allí en El Vigía, en la época de la fiebre ferroviaria en el mundo. Que logró hacer una enorme fortuna. Que tuvo un único hijo al que quiso mucho, el cual, muy joven, se extravió explorando el Río Chama, sin que se volviera a saber nada de él. Que con su amor de madre prometió a su hijo dar su fortuna y su vida para encontrarlo.

Finalmente, la dama, implorando, ofreció entonces a doña Elvira revelarle el sitio donde ocultaba su enorme fortuna y dársela si le ayudaba a hallar a su hijo en la montaña. Solo que para ello debía darle su hijo varón mayor, pues éste podría encontrarlo por ser muy inteligente, fuerte y tener la misma edad del perdido.

Claro, doña Elvira nunca estuvo dispuesta a cambiar a su hijo por ninguna riqueza, ni siquiera bajo la promesa jurada por la dama, en el sentido que al muchacho no le pasaría nada en su integridad física y que en cambio sería muy afortunado en su vida. Sobre todo, después que su visitante le reveló que pertenecía, desde los últimos años dictatoriales venezolanos, al mundo de los difuntos. Por eso rechazó enfáticamente la oferta aquella madrugada y todas las siguientes veces que la fantasmal dama insistió.

Ante la negativa, con el tiempo la dama dejó de aparecer, pero sucesos extraños empezaron a ocurrir en el local. El negocio se vino a pique. Ni en funerales ni el día de los difuntos se vendía nada. Los productos en forma extraña se dañaban. Los malandros empezaron a asaltar el negocio a diario. La salud de  la familia comenzó a sufrir serios quebrantos. Aquella situación llevó a doña Elvira a mal vender el local y mudarse hacia otra región.

Pocos años después, se enteró que los nuevos propietarios, ciertamente, habían desenterrado en el predio varios lingotes de oro, y urnas repletas de diamantes y joyas. Supo también que la pareja vivía muy triste, porque acababa de perder a su único hijo en la agreste cabecera del Río Chama, durante un viaje de estudio.

                                                                                                                               Por: UVC

LA PALMA FARO DE EL CONTADERO





Para cerciorarse de cuántas cabezas bajaban hacia los playones en la época de verano o subían hacia la montaña en la temporada de lluvias, los hacendados de la región de Guaimaral Magdalena, paraban sus enormes viajes de ganado en un ejido alambrado, ubicado en la salida del pueblo, donde se separan el camino de los Chuises, el de la Carretera y el de la Trocha. Allí contaban sus rebaños, por lo que al sitio se le dio el nombre de El Contadero. En un costado del Ejido estaba una empinada Palma de Vino. Nunca existió en la región una de su especie u otra especie vegetal, más alta que ella.

Como una gigantona, aquella palmera mostraba su elevado mostacho a mas de diez leguas de distancia, tanto en la Ciénaga, en la Sabana, como en la Montaña. Sólo era menester que el día estuviera despejado para ver  imponente desde por allá el cogollo de la palma de El Contadero. A esa distancia, en las noches, se observaba también la misteriosa luz que a todos se mostraba en su elevado penacho; por eso en la región le decían: La Palma Faro de El Contadero. La gente atribuía aquella luz a intrépidas brujas que se encaramaban hasta su cogollo a dirigir y festejar sus fechorías.

Para la gente común la canillona de El Contadero parecía una mas de su especie, las cuales nacían y crecían silvestres en la región. Sin embargo, los viejos afirmaban que en El Contadero nunca hubo palma de vino, hasta cuando unos viajeros que pasaban por allí tres o cuatro veces al año sembraron aquella, dizque para dejar un recuerdo suyo en el sitio.

Acerca del hecho, decía don Prisciliano Aconcha, uno de los primeros labriegos que se asentó en el territorio, que él vio y ayudó a sembrar la citada palmicha en aquel sitio. En su conversa contaba que él alojaba en su casa a unos comerciantes, quienes llegaban en caballos por el camino de Pampam, tres o cuatro veces al año, le encargaban cuidar las bestias y lo contrataban para que los llevara en piragua a través de la ciénaga hasta frente al Cerro de Botillero, donde se bajaban y continuaban su viaje, otra vez en bestias, rumbo a El Banco; precisándole, antes de partir, el día que los debía esperar en el mismo sitio para transportarlos en sentido contrario. Los tres forasteros decían que compraban oro proveniente de San Martín de Loba en El Banco y lo llevaban mas seguro por la ruta de Chilloa hasta Mompós, donde lo transformaban en joyas. Lo cierto era que siempre regresaban de El Banco, con varias abultadas y pesadas alforjas.

Respecto a la palma, contaba el viejo Prisciliano, que una vez  los señores trajeron desde la carretera una matica de palma cuya envergadura no pasaba de medio metro y consiguieron herramientas prestadas para sembrarla. Los caballeros también lo contrataron  para que, exactamente a treinta palos de distancia de donde habían hecho la siembra, con dirección hacia la salida del sol, cavara un pequeño y profundo estanco que garantizara agua cerca permanente con que regar la tierna palmicha. Aquella vez, después de dejar ya prendida la plántula y finalizado el estanco, los viajeros se despidieron como de costumbre, quedando en regresar dentro de dos o tres meses.
Muchos años después don Prisciliano murió. Los comerciantes nunca mas volvieron, ni se supo noticias alguna suyas. Cuando pasaron treinta años de la muerte del viejo labriego, Simón, su hijo, quien obligatoriamente debía pasar por El Contadero en las mañanitas y en las tardecitas, para atender sus cultivos en el sitio llamado La Ceja, empezó a ver cierta luz que aparecía al pie de la palma y se desplazaba hasta el estanco, donde desaparecía.

Ya para ese entonces la palma se destacaba en el territorio por la gran altura alcanzada, no obstante haber sido sembrada, por propia y terca solicitud de sus gestores, sobre un estéril peñón entreverado con cascajo diente de perro.

Simón era la única persona que podía ver la misteriosa luz desde cerca. En cambio, a muchas leguas de distancia, todos podían observar, titilando en medio de la noche, la luz que se mostraba en el elevado penacho. Apenas a los cincuenta años de edad, don Simón murió de una extraña  enfermedad. El viejo no pudo seguir observando la misteriosa luz de El Contadero. Pero sus dos hijos varones: Prisciliano y Simón, si la siguieron viendo, después de fallecido su padre, desde cuando cumplieron doce años de edad y comenzaron a pasar por el sitio a cuidar los cultivos que el viejo dejó en Poncio.

Curiosamente, los dos muchachos también empezaron a padecer la misma enfermedad de su padre y antes de cumplir los veinte años murieron en forma casi simultánea. Después no se supo de alguien mas que  pudiera observar la susodicha luz y su misterio quedó en suspenso. Hasta que, en los años ochenta, una junta de vecinos de las nuevas generaciones, argumentando que la elevada palmera constituía un gran peligro para las viviendas recién construidas en los alrededores, dizque porque atraía los rayos, sin conocer la historia y el misterio de la gran palmera, misterio que la hizo sobresalir y soportar erguida numerosas tempestades durante muchos años, decidieron cortarla. Pero Jairo García y Adán Cadena, los dos jóvenes hacheros encargados de realizar el trabajo dentro de tres días, no pudieron hacerlo; los dos amanecieron aquel día enfermos con una extraña indigestión. De todas maneras, los promotores del plan acordaron ir ellos mismos con hachas a realizar el trabajo, misión a la que se unieron varios curiosos.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, ya habían no menos de una docena de hachas quebradas al pie de la palma, cuyos boquetes saltaban al contactar con el tallo de la gigantona. No se sabe si las hachas que se rompieron eran collin chimbiadas o el tallo de la palma estaba demasiado duro. Pero de no haber traído un sobrino del finado Simón padre, un pedazo de hacha vieja que guardaba, porque él mismo se la había regalado, no habrían podido cortar la elevada palma. Todos los presentes vieron como la vieja y moma hacha heredada de don Simón, cortaba el duro tallo con increíble facilidad. Todos vieron también como el penacho fue a caer justo sobre el estanco, produciéndose al contacto con el agua un extraño incendio, que no permitió investigar el asunto de la misteriosa luz observada en el penacho.


De la palma faro de El Contadero ya no queda mas que un vago recuerdo en la región. Sin embargo, algún misterio existe todavía allí, porque después de cortada la singular palmera, los vecinos de edad mayor afirman ver merodeando cerca al estanco, tres caballeros altos, con sombreros blancos, camisa “kaki” y pantalón oscuro, parecido al vestido de los llamados viajeros que describía el viejo Prisciliano Aconcha en su conversa. Parecidos también a la indumentaria de los viajeros que hasta hace unas décadas frecuentaban el territorio, vendiendo mercaderías y comprando productos de la región. Además, dicen que cada uno carga un par de infladas alforjas de cuero y un abultado pellón amarillo, como el que usaban los jinetes de su época en sus monturas. Por eso, se asegura que se trata de un tesoro, enterrado en las inmediaciones por los comerciantes de oro que se alojaban en la casa del viejo Prisciliano Aconcha.                   
                                                      Por: Uriel Villalobos Cadena
                                                              Octubre 1998.