LA PALMA FARO DE EL CONTADERO
Para cerciorarse
de cuántas cabezas bajaban hacia los playones en la época de verano o subían
hacia la montaña en la temporada de lluvias, los hacendados de la región de
Guaimaral Magdalena, paraban sus enormes viajes de ganado en un ejido
alambrado, ubicado en la salida del pueblo, donde se separan el camino de los
Chuises, el de la Carretera
y el de la Trocha. Allí
contaban sus rebaños, por lo que al sitio se le dio el nombre de El Contadero.
En un costado del Ejido estaba una empinada Palma de Vino. Nunca existió en la
región una de su especie u otra especie vegetal, más alta que ella.
Como una gigantona, aquella
palmera mostraba su elevado mostacho a mas de diez leguas de distancia, tanto
en la Ciénaga ,
en la Sabana ,
como en la Montaña. Sólo
era menester que el día estuviera despejado para ver imponente desde por allá el cogollo de la
palma de El Contadero. A esa distancia, en las noches, se observaba también la misteriosa luz
que a todos se mostraba en su elevado penacho; por eso en la región le decían: La Palma Faro de El
Contadero. La gente atribuía aquella luz a intrépidas brujas que se encaramaban
hasta su cogollo a dirigir y festejar sus fechorías.
Para la gente común la
canillona de El Contadero parecía una mas de su especie, las cuales nacían y
crecían silvestres en la región. Sin embargo, los viejos afirmaban que en El
Contadero nunca hubo palma de vino, hasta cuando unos viajeros que pasaban por
allí tres o cuatro veces al año sembraron aquella, dizque para dejar un
recuerdo suyo en el sitio.
Acerca del hecho, decía don
Prisciliano Aconcha, uno de los primeros labriegos que se asentó en el
territorio, que él vio y ayudó a sembrar la citada palmicha en aquel sitio. En
su conversa contaba que él alojaba en su casa a unos comerciantes, quienes
llegaban en caballos por el camino de Pampam, tres o cuatro veces al año, le
encargaban cuidar las bestias y lo contrataban para que los llevara en piragua
a través de la ciénaga hasta frente al Cerro de Botillero, donde se bajaban y
continuaban su viaje, otra vez en bestias, rumbo a El Banco; precisándole,
antes de partir, el día que los debía esperar en el mismo sitio para
transportarlos en sentido contrario. Los tres forasteros decían que compraban
oro proveniente de San Martín de Loba en El Banco y lo llevaban mas seguro por
la ruta de Chilloa hasta Mompós, donde lo transformaban en joyas. Lo cierto era
que siempre regresaban de El Banco, con varias abultadas y pesadas alforjas.
Respecto a la palma, contaba
el viejo Prisciliano, que una vez los
señores trajeron desde la carretera una matica de palma cuya envergadura no
pasaba de medio metro y consiguieron herramientas prestadas para sembrarla. Los
caballeros también lo contrataron para
que, exactamente a treinta palos de distancia de donde habían hecho la siembra,
con dirección hacia la salida del sol, cavara un pequeño y profundo estanco que
garantizara agua cerca permanente con que regar la tierna palmicha. Aquella
vez, después de dejar ya prendida la plántula y finalizado el estanco, los
viajeros se despidieron como de costumbre, quedando en regresar dentro de dos o
tres meses.
Muchos años después don
Prisciliano murió. Los comerciantes nunca mas volvieron, ni se supo noticias
alguna suyas. Cuando pasaron treinta años de la muerte del viejo labriego,
Simón, su hijo, quien obligatoriamente debía pasar por El Contadero en las
mañanitas y en las tardecitas, para atender sus cultivos en el sitio llamado La Ceja , empezó a ver cierta luz
que aparecía al pie de la palma y se desplazaba hasta el estanco, donde
desaparecía.
Ya para ese entonces la palma
se destacaba en el territorio por la gran altura alcanzada, no obstante haber
sido sembrada, por propia y terca solicitud de sus gestores, sobre un estéril
peñón entreverado con cascajo diente de perro.
Simón era la única persona que
podía ver la misteriosa luz desde cerca. En cambio, a muchas leguas de
distancia, todos podían observar, titilando en medio de la noche, la luz que se
mostraba en el elevado penacho. Apenas a los cincuenta años de edad, don Simón
murió de una extraña enfermedad. El
viejo no pudo seguir observando la misteriosa luz de El Contadero. Pero sus dos
hijos varones: Prisciliano y Simón, si la siguieron viendo, después de fallecido
su padre, desde cuando cumplieron doce años de edad y comenzaron a pasar por el
sitio a cuidar los cultivos que el viejo dejó en Poncio.
Curiosamente, los dos
muchachos también empezaron a padecer la misma enfermedad de su padre y antes
de cumplir los veinte años murieron en forma casi simultánea. Después no se
supo de alguien mas que pudiera observar
la susodicha luz y su misterio quedó en suspenso. Hasta que, en los años
ochenta, una junta de vecinos de las nuevas generaciones, argumentando que la
elevada palmera constituía un gran peligro para las viviendas recién
construidas en los alrededores, dizque porque atraía los rayos, sin conocer la
historia y el misterio de la gran palmera, misterio que la hizo sobresalir y
soportar erguida numerosas tempestades durante muchos años, decidieron
cortarla. Pero Jairo García y Adán Cadena, los dos jóvenes hacheros encargados
de realizar el trabajo dentro de tres días, no pudieron hacerlo; los dos
amanecieron aquel día enfermos con una extraña indigestión. De todas maneras,
los promotores del plan acordaron ir ellos mismos con hachas a realizar el
trabajo, misión a la que se unieron varios curiosos.
Al día siguiente, a las ocho
de la mañana, ya habían no menos de una docena de hachas quebradas al pie de la
palma, cuyos boquetes saltaban al contactar con el tallo de la gigantona. No se
sabe si las hachas que se rompieron eran collin chimbiadas o el tallo de la
palma estaba demasiado duro. Pero de no haber traído un sobrino del finado
Simón padre, un pedazo de hacha vieja que guardaba, porque él mismo se la había
regalado, no habrían podido cortar la elevada palma. Todos los presentes vieron
como la vieja y moma hacha heredada de don Simón, cortaba el duro tallo con
increíble facilidad. Todos vieron también como el penacho fue a caer justo
sobre el estanco, produciéndose al contacto con el agua un extraño incendio,
que no permitió investigar el asunto de la misteriosa luz observada en el
penacho.
De la palma faro de El
Contadero ya no queda mas que un vago recuerdo en la región. Sin embargo, algún
misterio existe todavía allí, porque después de cortada la singular palmera,
los vecinos de edad mayor afirman ver merodeando cerca al estanco, tres
caballeros altos, con sombreros blancos, camisa “kaki” y pantalón oscuro, parecido
al vestido de los llamados viajeros que describía el viejo Prisciliano Aconcha
en su conversa. Parecidos también a la indumentaria de los viajeros que hasta
hace unas décadas frecuentaban el territorio, vendiendo mercaderías y comprando
productos de la región. Además, dicen que cada uno carga un par de infladas
alforjas de cuero y un abultado pellón amarillo, como el que usaban los jinetes
de su época en sus monturas. Por eso, se asegura que se trata de un tesoro,
enterrado en las inmediaciones por los comerciantes de oro que se alojaban en
la casa del viejo Prisciliano Aconcha.
Por: Uriel Villalobos Cadena
Octubre 1998.
Por: Uriel Villalobos Cadena
Octubre 1998.
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