No la creó ningún Santo que
se sepa, tampoco fue creación de los abuelos que inventaron el Cuco para
asustar a los muchachos traviesos e insurrectos. Pero desde los años upa, de boca en boca,
circuló por caseríos y caminos la
oración de la muerte. Aunque de tal la gente escuchaba no más los cuentos; nunca
querían escuchar su contenido y por eso
pocos la aprendieron.
Después de todo, ¿para qué
aprender una clandestina oración que, siendo de la muerte, no mataba plagas,
malezas o calmar tempestades? ¿No servía
para atraer riquezas y amores ni para curar enfermedades puestas? Además, la
iglesia podía excomulgar a quien se le probara saberla.
Pero fue temor por lo que
sólo pocos aprendieron la susodicha oración, porque muchos confesaron temblor en los pantalones para saber
anticipadamente la hora de pelar el
bollo.
Y no era para menos, puesto
que nadie quería sentir los mismos padecimientos de los finados Régulo
Gutiérrez en Momposina, Pablo Méndez en Macondito, Ciro Torres en Menchiquejo,
Carmen Ospino en Chiriguanita, Martín Cadena en Mandinguillita y demás casos
reseñados en noticias llegadas de otros pueblos, quienes un día, sin más allá
ni más acá, se deschavetaron y empezaron
a despellejar animales vivos, a lanzarse a pozos profundos o se encerraron en
un cuarto a gritar. Y lo mas grave, quemaron sus casas y pertenencias,
golpearon amigos y familiares, se gastaron todo lo que tenían y por último se
prendieron fuego vivos.
Aunque en todos estos casos
seguramente fue mera coincidencia que los Inspectores de Policia no pudieran
aplicar ningún castigo por el desorden público causado, debido a que tres días
después cada uno de los infractores había estirado la pata.
Seguramente también fue
coincidencia que justo tres días antes todos los infractores presentaran el
mismo síntoma; es decir, se pusieran a gritar desesperadamente rogando que se
dejara de sonar cierta campana que nadie mas
escuchaba.
Pero, en todo caso, Juan
Pueblo si la echó por otro lado: por el lado del viejo runrún popular de la
oración de la muerte, según el cual, el mismo ángel “garabatudo” prometió alguna
vez a alguien, que otorgaría la dicha de escuchar el patético clan, clan, clan
del otro mundo, con tres días de anticipación a quien aprendiera su oración.
Según el runrún popular, así
fue como fueron noticia los cuantos valientes que por allí aprendieron la letra
del “Garabatend,” por cuantos todos desenfrenaron su cordura y bailaron su
despedida desde tres días antes de partir para el otro mundo.
Finalmente, como siempre hay
por ahí mucho incrédulo, se da fe que todo lo antes dicho fue cierto. Y ahora que
ya se sabe, el que quiera, con toda libertad, también puede gozar su propio
"end." Para lo cual no más se deben vencer ciertos temores, armarse
de valor y leer en el orden suyo, aunque sea una sola vez, la letra del
“Garabatend,” como se dice en costeño “oración de la muerte,” cuyo contenido, en desorden, se escribe aquí
en alguna parte y del cual se puede saber, sin compromiso, que son cuarenta y
siete palabras, contando dos veces unas pocas que se repiten. El autor anima un poco informando que la primera
palabra es "oh" y "eterna" la última.
GARABATEND: (Os ruego que
permitáis ángel guías el fatal sueño oh profundo mundo del tranquilo llegar para
cuando siempre nos queden tres campanadas a mis materiales jornadas vuestra
última morada haced despedirme antes de amortajarme hacia tus conciencia en mi
sonar eterno te lo funestas).
Como seguramente ya el
lector tiene los sesos rotos y todavía no ha descubierto la letra correcta del
“Garabatend,” para que éste cuento siga aumentando, puede contar los días que
aun le quedan de vida con los siguientes números: (10, 5, 8, 3, 19, 6, 35, 7, 9, 11, 1, 2, 3,
32, 33, 34, 4, 31, 13, 12, 16, 18, 30, 38, 39, 37, 36, 44, 22, 17, 20, 24, 21,
28, 26, 25, 42, 43, 2, 16, 15, 14, 23, 27, 29, 41). Los cuales, con respecto al
“Garabatend,” enseñan que la décima palabra es la primera, le sigue a esa la
quinta, después la octava, la tercera y así sucesivamente.
La dicha de descifrar esta
numerología, está en que cualquiera, si lo desea, podrá escuchar también clan,
clan, clan tres veces tres días antes de su epílogo final, sin menester de
deschavetarse ni prenderse fuego vivo.
Hasta aquí habría quedado
dicho todo acerca del mito de la
Oración de la
Muerte , de no haber existido, también desde los años
upa, las bromas y los bromistas.
Lógicamente, este caso sólo pudo ocurrir
en el caserío La Chunga , donde nació, vivió
y murió Gregorio Camargo, a quien cariñosamente no se le decía Goyo, como a
todos los Gregorios, sino Gayo, atendiendo a la habitual alegría que siempre
caracterizaba todas sus acciones. Los vecinos de Gayo en La Chunga se enteraron que el
hombre había aprendido el “garabatend,” de ahí que, a falta de una campana en
muchas leguas a la redonda, se las ingeniaran para producir el sonido de una
campana golpeando un enorme caldero con un cavador. Así le sonaron a Gayo las
tres campanadas tres veces tres días antes de cumplir los cincuenta años. Todos
los vecinos y la familia acordaron simular que no escuchaban ningún sonido de
campana, por eso el pobre Gayo cuando, muy temprano en la mañana, escuchó el primer
clan, clan, clan, empezó a pedir que le echaran gotas de hoja de orégano tibia
en los oídos, porque, según él, le estaban fallando, ya que escuchaba ruidos
raros.
Antes del almuerzo, acorde
con el plan trazado, todos en La
Chunga volvieron a
escuchar tres campanadas que retumbaron únicamente en los oídos de Gayo. El hombre volvió a pedir que le echaran
gotas, esta vez de Linimento Veneciano, porque al parecer sus oídos estaban
empeorando.
Lógicamente, para el caso
ninguno en La Chunga
encontró su frasco de Linimento en casa y nadie quiso echarle gota alguna a
sabiendas de que los oídos de Gayo realmente estaban muy bien, pero lo
disimulaban.
Gayo, que ya no se veía tan
alegre como de costumbre, decidió entonces ensillar un caballo para ir lo más
rápido posible a otro pueblo a buscar algún remedio efectivo para el zumbido en
los oídos. A eso de las tres, cuando el hombre colocó su pie en el estribo para
montar e ir a buscar el remedio, sus amigos le sonaron las tres últimas
campanadas. Y ahí si fue, como se esperaba, a Gayo le cayó una gota fría, se
olvidó del remedio para los oídos y empezó a venderle todo lo que tenía a sus
amigos a cualquier precio. Toda la noche la pasó negociando, tal que al día
siguiente, entre cuentas por cobrar debidamente testificadas, efectivo y otros
bienes inventariados, ya tenía cuantificado y valorado su patrimonio. En la
tarde reunió a su familia, a un par de testigos de mucha credibilidad y en su presencia dictó su testamento; allí
especificó en su propia voz la distribución de los bienes entre los miembros
de su familia.
Como él mismo exigió que no
le pidieran explicaciones, todos aceptaron la decisión sin decir nada. Eso sí,
se reservó un saldito efectivo comentando que lo necesitaba para pagar unos
tragos que se echaría al día siguiente, cosa por demás extraña porque el hombre
poco acostumbraba tomar.
De todas manera, el segundo
día Gayo se estacionó frente al ventorrillo del caserío a orilla del camino con
varios calabazos de “tapaetuza,” medio
chapeto repartía trago a todo varón que pasaba. Total, por la tarde el hombre
estaba ya piao, cantando y diciendo que el destino era muy injusto con él
porque no lo dejaba vivir siquiera un año mas para disfrutar la vida. En fin,
el hombre se confesaba con todo el que pasaba, aunque los forasteros no le
entendían ni pío.
El tercer día Gayo amaneció
con el ánimo en los tobillos y el guayabo en la cabeza. Los promotores de la
broma lo vigilaban, haciéndole compañía aduciendo que querían acompañarlo con
motivo de su cumpleaños cincuenta. Aquel
día sus amigos tuvieron que persuadirlo varias veces de peligrosas intentonas
como: lanzarse al aljibe, montarse a altos árboles y, por su puesto, no le soltaban
fósforo ni para prender el tabaco, porque a cada rato decía que necesitaba
hacer cierto trabajito con fósforos.
A medida que se acercaba la
media noche y, de ese modo, el final del tercer día, el grado de angustia le
aumentaba a Gayo, así que sus acompañantes se las arreglaron para dormirlo
durante el resto de la noche, esperando que el hombre amaneciera más tranquilo.
Pero no fue así, cuando Gayo despertó al día siguiente naturalmente creyó estar en el más allá,
aunque no entendía el porqué la presencia también de sus amigos allí, ni lo del
parecido del sitio con La
Chunga.
En todo caso, el hombre se
preparó para su morar eterno en la paz del Señor. Así pasó aquel primer día y
también el segundo, escudriñando todo en su nuevo mundo. Sus amigos, aburridos
de tener que vigilarlo por todas partes, ya preocupados por su salud mental y
sin encontrar la forma de hacerlo reaccionar para que volviera a la normalidad,
decidieron llevarlo hasta donde tenían el “caldero-campana” escondido y se lo
sonaron nuevamente. Efectivamente, el hombre entendió al instante que sus
amigos le habían jugado una buena bromita.
Pero como buen Chungueño,
Gayo también era respetado, cuando de hacer bromas se trataba, por eso se hizo
el que no había entendido nada y siguió aparentando que continuaba viviendo en
el más allá. Él sabía que sólo haciéndoles una mejor broma a sus amigos podría
desquitarse de la insoportable mamadera
de gayo que le esperaba. De esa manera, cinco días después amistades y
familiares lloraban desconsolados y arrepentidos por la locura que le habían
infringido a Gayo Los promotores de la broma se le arrodillaban delante
pidiéndole perdón, lo mismo su familia por haber patrocinado el hecho. En fin,
el pesar y el ruego de perdón en La
Chunga y Posesiones circunvecinas, hasta donde llegó la
noticia, aumentó tanto que el mismo Gayo no soportó más y tuvo que soltar la
risa frente a sus amigos, cuando realizaban una muy sincera sesión de oración y
ruegos al altísimo por la recuperación de su salud mental.
Así terminó aquel singular
embrollo, no sin antes anular todos los negocios, el testamento hecho y demás compromisos antes
contraídos. Los varones aprovecharon para agotar las existencias de “tapaetuza”
en La Chunga
mediante tres días de parranda. Allí
Gayo pescó una soberana borrachera que al parecer le borró de la memoria la Oración de la Muerte , porque sus amigos y
familiares tuvieron que aguantárselo sesenta años más mamándoles gayo cada vez
que se acordaba. Incluso, como en los pueblos
si al moribundo se le ocurre pedir heces fritas con cebolla, seguro, en menos que canta un gallo, los
vecinos traen varios platos, el catano, el día que murió los hizo taparle los
oídos y traer el enorme caldero al frente de su cama, para
lo cual tuvieron que quitar la puerta y un pedazo de pared, Después, cuando ya
vio el enorme caldero frente a su cama, soltó una débil carcajada, la misma que
antes producía vigorosamente cuando hacía una buena broma; luego les sonrió a
todos y se fue esta vez sí hacia el más
allá.
¡Vaya viejito, vecinitos! y
pueblito! Con razón las nuevas generaciones del caserío, dizque olvidando la
costumbre de las bromas y el antiguo nombre del pueblo, empezaron a llamarlo: La Linda. O sea, también le
mamaron gayo a Gayo, puesto que el pobre ya no sería Chungueño sino Lindeño.
Comentario: De la muerte lo
que verdaderamente mata es el miedo que produce su proximidad.
Por:
UVC
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