Guaimaral y Urquijo Magdalena: El Perro Negro de Corralito (Leyenda)

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EL PERRO NEGRO DE CORRALITO


Entre Urquijo y Guaimaral, por el camino de la trocha, hubo en el pasado una hermosa Posesión.  Bajo un espeso bosque de Olivos, Dividivis y Pacitas, un noble hombre construyó su casa y vivió allí con su señora.  Las blancas paredes de la casa hacían gracia con la espesura de aquel bosque.  En el suelo, de aspecto arenoso, crecía la paja sabanera, alimento del Conejo Barcino, el cual abundaba silvestre en el lugar.  Bajo los árboles, las bandadas de palomas Rabo Blanco, Guarumera y Torcaza mezclaban sus arrullos.  El noble hombre levantó allí una inmensa cría de chivos, por lo que debió construir numerosos pequeños corrales para guardar sus caprinos.  Por eso la gente empezó a llamar la Posesión con el nombre de Corralito;  nombre que el dueño aceptó gustosamente, por lo que lo colocó en la pared del frente de la casa principal.  De noche o de día, la gente que se dirigía de Urquijo a Guaimaral o viceversa, siempre entraba a Corralito a saludar o hablar con el chivero y su mujer.  Agua fresca, un saludo cariñoso o una conversación amena siempre estaba disponible en la casa de Corralito para los caminantes.  En la región, eso era lo habitual en cualquier Posesión ubicada a orilla de camino.
Cuando ya llegaba a sus cuarenta años de edad la pareja de Corralito completó su felicidad al procrear dos niños varones en un solo parto.  Como siempre ocurría, la gente de la región también se congratuló con el suceso tan feliz ocurrido a la pareja de chiveros.

Con el correr del tiempo, la crianza de los niños fue avanzando.  Todo parecía normal para los caminantes que visitaban a Corralito.  Los visitantes veían el mismo cariño y cordialidad del noble chivero y su mujer,  así como la mirada expectante de los dos primogénitos de la casa.

Por lo separado del sitio, aquellos niños crecieron sin contacto con otros niños vecinos y tal vez extremadamente mimados por sus padres.
Cuando los niños llegaron a sus ocho años de edad, ya se rumoraba en la gente su anormal comportamiento para con sus padres.  La desobediencia, el irrespeto, la grosería, etc. se decía que se había apoderado de los dos muchachos.  Los rumores aumentaron cuando algunos caminantes que frecuentemente pasaban por Corralito empezaron a ver en los alrededores un extraño y enorme Perro Negro, cuyos grandes ojos parecían como de fuego y su larga lengua roja parecía brillar.

El extraño animal aparecía y desaparecía súbitamente detrás de cualquier árbol.  A veces caminaba delante de los transeúntes, a veces se le veía andar, con su enorme lengua roja afuera, detrás de las personas.  Nunca se le veía fuera del perímetro de Corralito.  Muchas personas aseguraban haberlo visto entrar a la casa del chivero.  Pero se sabía que la familia no tenía ningún perro así.  Inicialmente el animal parecía inofensivo, pero con el paso del tiempo, varias personas aseguraron haber sido intimidadas por aquel animal.  Afirmaron que se colocaba delante esgrimiendo sus amenazadores colmillos y moviendo sus grandes ojos como brazas incandescentes.

Eso hizo que el camino que pasaba por Corralito dejara de ser transitado por sus habituales transeúntes.  El hermoso paraje empezó a convertirse en un sitio triste, y tenebroso. Todos evitaban, en lo posible, pasar o visitar a Corralito.

Mientras tanto, de la familia se rumoraba que el noble hombre y su señora, al parecer, se habían convertido en víctimas de la maldad de sus hijos.  Debido a que pocas personas se arriesgaban a pasar por el lugar ya no tenían a quien encargarle sus mercaderías de Urquijo o de Guaimaral.  Por eso, uno de los dos tenía  que ir a la tienda, mostrándose arañados, golpeados o quemados.  A sus amigos explicaban que habían sufrido algún accidente casero.  De sus hijos explicaban siempre que estaban bien en casa.

Así pasó algún tiempo y de Corralito cada vez se sabía menos en Urquijo y en Guaimaral, pues la familia poco a poco dejó de ir al pueblo.  Los vecinos más allegados a la familia empezaron entonces a sospechar alguna enfermedad.  Por eso, se propusieron visitar a la distanciada familia.

El día que lo hicieron encontraron a los dos viejos encerrados en el cuarto de su casa.  Las puertas y ventanas del cuarto estaban fuertemente amarradas por fuera.  Los dos muchachos jugaban normalmente en el patio.  En el cuarto la pareja tenía señas de haber estado encerrada varios días.

El chivero y su señora explicaron que un individuo que los había visitado el día anterior, los obligó a entrar al cuarto, dejó los niños afuera, amarró las puertas y ventanas y los amenazó que si salían, volvería, los encerraría y prendería fuego a la casa.  Por eso ellos no permitieron a sus hijos que intentaran soltar las puertas o fueran al pueblo a avisar.  Solamente les pedían que le entraran frutas por las rendijas para mitigar el hambre.  Aquella versión resultaba extraña para los vecinos, ya que en la región todos se conocían entre sí y nadie había visto forasteros en el entorno.  Los vecinos liberaron a la pareja y acordaron una nueva visita.

Cinco días después, los vecinos volvieron a casa de la familia y no les agradó la escena que encontraron.  La pareja estaba semidesnuda, amarrada en uno de los ranchos de la casa.  Al parecer habían pasado allí varias noches ya que sus cuerpos estaban afectados por las picaduras de mosquitos.  Los dos muchachos jugaban en los Corrales con los chivos.  El noble hombre volvió a explicar a sus vecinos que el extraño individuo los había puesto allí, insistiendo con  sus amenazas.

Aquella situación se repitió varias veces, por eso los vecinos decidieron montar guardia sin decirle a la familia.  Así podrían sorprender al cruel visitante de Corralito.  Sin embargo, aun con los guardias, los dos esposos aparecían con quemaduras, golpes o rasguños en sus cuerpos.

Las cosas siguieron así durante algún tiempo, hasta que los vecinos, cada vez más preocupados por la suerte de aquella familia, decidieron vigilar más directamente  los extraños sucesos que originaban las torturas de los chiveros.  Casi contra la voluntad de la pareja, algunos vecinos empezaron a quedarse en Corralito.  Así las quemaduras y rasguños cesaron y todo parecía normalizarse.  Pero el enorme perro negro seguía asustando a los vecinos que visitaban a Corralito.  Les inquietaba también a los vecinos la poca comunicación que los dos muchachos mantenían con sus padres.  Estos poco hablaban entre sí y cuando los vecinos se referían a ellos, inmediatamente se ausentaban.  No participaban en las labores de la cría.  Los alimentos los agarraban de la mesa y se retiraban a ingerirlos en otros sitios apartados de la casa, siempre solos.

Ciertamente, el comportamiento de aquellos dos muchachos no correspondía a lo usual, pero los vecinos creían que se debía a lo apartado del sitio de crianza.
Así continuó pasando el tiempo, hasta que un día, extrañamente el noble chivero se acercó a sus hijos para pedirles que fueran al pueblo por unas mercaderías.  Aquel día los vecinos se sorprendieron al ver el grado de desobediencia, altanería y grosería de los dos muchachos para con sus padres.  El noble hombre, avergonzado ofreció disculpas a sus amigos visitantes por el mal comportamiento de sus dos hijos.
Los vecinos empezaron entonces a sospechar sobre la participación de los muchachos en las torturas presentadas por sus padres.

Los groseros muchachos se calmaron y se escondieron detrás de unos árboles en el patio de la casa.  Uno de los vecinos se ofreció ir por las mercaderías.  Aquel día transcurría normal, hasta la hora del almuerzo, cuando la señora del chivero llamó a sus hijos para que se acercaran por la comida.  Los muchachos contestaron gritando soezmente a su mamá. Al instante  todos los animales de la casa se espantaron, corriendo despavoridos hacia la casa.  En los árboles donde estaban los muchachos, un viento remolinado retorció las ramas.  Un ruido como de varios perros peleando salió del sitio, pero todos los perros de la casa, en aquel momento estaban en la cocina.  Un fuerte olor a azufre se dispersó en el ambiente. Aquello duró unos diez minutos. Cuando todo se calmó, los visitantes y la pareja se dirigieron al sitio donde estaban los muchachos.  Allí los hallaron con las ropas desgarradas y con arañazos en todo el cuerpo, como si un feroz felino los hubiese atacado.  Ninguno de los dos podía mantenerse de pie y su habla no se podía entender, como si algo le obstruyese la articulación.

Los vecinos llevaron los muchachos hasta la casa.  Varios curanderos y prácticos llegaron a Corralito intentando reanimar a los dos muchachos infructuosamente.  El enorme Perro Negro ahora se aparecía más frecuentemente.  Se le veía a determinadas horas merodear en los alrededores de la casa donde estaban los muchachos.  Todas las personas que visitaban solidariamente a la familia lo  veían salir de los matorrales o desaparecer tras ellos súbitamente.

Aquella situación se prolongó largo tiempo sin que los muchachos mostraran signo alguno de recuperación. Antes por el contrario, sus capacidades vitales cada día disminuían ostensiblemente. Así pasó todo hasta que una mañana, en pleno verano, una fuerte y extraña tormenta eléctrica azotó casi exclusivamente el predio de Corralito. Preocupados por protegerse de los rayos, todas las personas que se hallaban presente, se acomodaron en algún rincón de la casa. La tormenta cesó pronto. Cuando ello ocurrió volvieron a percatarse de los muchachos. Pero estos ya estaban sin vida, parecía como si la extraña tormenta hubiese ocurrido para distraer a los visitantes mientras la del garabato entraba por el alma de aquellos dos seres.

Durante el resto del día y la noche, los dos cuerpos fueron velados en su casa, dispuestos en los ataúdes respectivos. Los afligidos padres dispusieron realizar el entierro en la mañana siguiente.  Por la mayor cercanía el entierro se programó en el cementerio de Urquijo. A la hora prevista, numerosos vecinos de Urquijo, Guaimaral y Posesiones vecinas llegaron prestos a Corralito para acompañar el funeral cargando los dos ataúdes.  El entierro marchaba normalmente, hasta que en un recodo del camino, todavía en predio de Corralito, el enorme Perro Negro apareció amenazadoramente frente al grupo.  Palos, piedras y machetes no fueron suficientes para rechazar a aquella enfurecida fiera.  Quienes cargaban los ataúdes debieron bajarlos apresuradamente y retroceder, con el resto de la multitud, huyendo del tenebroso animal.  Toda la multitud vio como aquella fiera llegó hasta donde quedaron tirado los ataúdes, los arañó a ambos todo erizado,  escarbó con sus patas delanteras y traseras la tierra, emitió un espeluznante aullido y enseguida desapareció internándose en el matorral.  La multitud, cautelosamente se volvió a acercar a los ataúdes.  Los cargadores volvieron a levantarlos y reanudaron la marcha.

Al parecer todo siguió normal, excepto el peso de los ataúdes que, según quienes ya los habían cargado, ahora parecían estar vacíos.  Hasta las mujeres palparon el peso de los dos cajones antes de introducirlos en sus tumbas, para confirmar que ciertamente parecían no tener ningún cadáver dentro.  Por respeto a los padres de los difuntos muchachos, ninguno se atrevió a destapar los livianos cajones para verificar las sospechas.  Por el contrario, fueron introducidos rápidamente en dos profundos huecos y tapados cuidando apisonar fuertemente la tierra.

La noble pareja no volvió a Corralito, abandonaron aquel paraíso.  Igual hizo la gente, abandonaron definitivamente dicho camino.  Todos empezaron a considerar a Corralito como un recinto de Lucifer.  El rumor de que el enorme Perro Negro, en representación del diablo, se había cargado en cuerpo y alma a los dos malvados muchachos, se difundió en todos los confines de la región, pues, según se afirmaba, sus dos ataúdes se enterraron vacíos.
Comentario: Los perversos siempre terminan en las fauces de la perversidad.

                                                                          Por: UVC


Unknown

Autor, Economista, Catedrático, Asesor Académico e Historiografo

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