La Venganza de Juan Hatillo (Leyenda)

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LA VENGANZA
DE JUAN HATILLO

Rufo Hatillo, siendo apenas un muchacho, también tuvo que correr monte adentro a esconderse para escapar de las matanzas en los pueblos por cuenta de los caudillos liberales y conservadores. Las tierras que su difunto padre tenía quedaron abandonadas con construcciones, cosechas y crías abundantes.

En cambio, su padre, Juan Hatillo, no pudo escapar aquella tarde de 1900, cuando llegó a El Salitre, su terruño, un bongo repleto de gente armada, rodearon las siete casuchas, reunieron a los hombres y mujeres adultas  en el puerto, los decapitaron, los arrojaron al río, saquearon todo, quemaron las casas y se marcharon gritando vivas al gobierno.

Ninguno de los pocos que escaparon aquel día volvió a las ruinas del otrora hermoso caserío en la ladera momposina. Las fértiles tierras en poco tiempo cambiaron de dueño. Encopetados señorones forasteros llegaron con títulos de extensas propiedades en mano, las cuales convirtieron en ricas haciendas ganaderas. La Parcela de Juan Hatillo, ubicada en la fértil orilla occidental del brazuelo momposino, quedó incluida en la extensa hacienda de un orgulloso cachaco capitalino, alto funcionario público y que vacacionaba frecuentemente en la gran casona que mandó a construir en la orilla del brazuelo, sobre un hermoso y firme barranco.

Mientras tanto, Rufo H envejecía por ahí, deambulando de pueblo en pueblo, de hacienda en hacienda, rogando que le dieran empleo, aunque fuera por la comida; pero era en vano, porque los nuevos amos sólo empleaban a gente de su entera confianza traída desde lejos. Al hombre le tocaba pasar durmiendo a la intemperie en los caminos, comiendo frutas silvestres y a veces raciones que le daban los buenos corazones cuando lo encontraban caminando por ahí sin ningún rumbo.

Ya ni siquiera lo atormentaba la ira que al principio sentía cuando recordaba la infame celada donde asesinaron a su familia y la forma perversa como le quitaron lo que serían sus tierras. Eso fue hasta el día que se encontró en un camino a un noble anciano, quien apareció  en la vera bajo un árbol y le dijo que lo estaba esperando para regalarle una muda de ropita usada suya, pues pronto se iría de éste mundo y ya no la necesitaría. Rufo recibió el envuelto, le dio las gracias a su benefactor y le preguntó si vivía cerca. El anciano le contestó que no tenía casa, pueblo, ni familia, porque hacía mucho tiempo unos bandidos habían quemado su pueblo y toda su familia murió allí. Enseguida se despidió y desapareció en la vuelta del camino. Rufo caminó horas y horas  hasta la orilla de la Ciénaga de Palenquillo, donde se bañó y desató el envuelto para cambiarse los harapos que vestía. Después de colocarse aquella ropa, sintió algo en uno de los bolsillos del pantalón. Metió en él su mano y halló un diminuto frasco sellado, con tres o cuatro gotas de cierta sustancia espesa y brillante dentro. En el rótulo del frasco decía: Azogue.

El hecho llevó a Rufo a recordar explicaciones que en vida su padre le dio acerca del Azogue; lo mismo que algunas historias contadas por su padre sobre sucesos misteriosos con Azogue. El hombre entonces trajo de nuevo la imagen del noble anciano del camino a su mente, la comparó con la de su padre cuando le dio aquellas explicaciones; su asombro fue total, por la gran similitud de rasgos, ademanes y hasta el timbre de voz. También observó cuidadosamente la muda de ropa y comprobó que era exactamente igual en color y tipo a la que su padre lucía aquel día. Además, recordó lo que el anciano le contó acerca del incendio de su pueblo y la muerte de toda su familia.

Ante tantas coincidencias, Rufo llegó a la conclusión que su padre se le había aparecido representado en el anciano del camino y quería que hiciera algo con el Azogue; pero no lo intuía, por mucho que reflexionaba y su viejo no le daba más señas.  

Sólo tiempo después, una noche tan obscura como su vida, mientras rabiaba con los mosquitos y la lluvia, que apenas lo dejaban medio dormitar, bajo  unos ramajes de palma, en el camino hacia un pueblo, Rufo volvió a recibir pistas de su padre. No supo si fue delirando por el frío y el hambre o soñando, pero aquella noche, su viejo apareció con un Espeque al lado de una gran piedra que había en uno de los linderos de su Conuco, cavó allí un hoyo, le dio un pequeño calabazo tapado, le dijo que lo introdujera en el hueco y lo tapara. Después caminaron hasta la orilla del río, el viejo clavó el Espeque en el bordo del barranco a modo de mástil y en la punta colocó su sombrero; enseguida salió caminando sobre el agua y ya lejos desapareció.  

Cuando un fuerte trueno lo trajo de nuevo a su estado consciente, Rufo reflexionó y concluyó que su padre le pedía enterrar el frasco de Azogue junto a la piedra del lindero.

Desde donde se encontraba, a más de cincuenta leguas, recordaba la enorme roca, porque cuando muchacho, rondando con su padre y con sus amigos de infancia, muchas veces se subió a ella jugando a la trepada; también  porque la vio alguna vez hacía pocos años, cuando furtivamente se atrevió a cruzar la extensa hacienda, para acortar distancia, husmear el paraje y recordar los tiempos de su padre.

Como cumpliendo una orden, Rufo echó mano de  los últimos bríos que su avanzada vejez y su decrepitud le permitían, para llegar hasta los límites de la gran hacienda. Se las arregló para pasar la cerca sin ser visto, cavar junto a la piedra con un pedazo de machete y enterrar allí el frasco de Azogue. Luego, queriendo seguir hasta la orilla del río a través de la hacienda, se dejó avistar por los centinelas; quienes al instante, con perros adiestrados y apuntándole con armas de fuego cual peligroso malechor, lo interceptaron. El viejo Rufo simuló entonces hallarse extraviado, rogó que lo llevaran hasta la orilla del río, donde, según él, alguna canoa que pasara lo podía llevar al próximo pueblo. Y efectivamente, los centinelas lo llevaron casi arrastrándolo hasta un repuntón solitario del río, allí lo abandonaron a su propia suerte.  El viejo empezó a recordar aquel lugar, no de su época de muchacho, sino porque era el mismo sitio del sueño, donde vio a su viejo caminando sobre el agua y luego desaparecer. Incluso, allí en el bordo del barranco estaba clavado un Espeque con un sombrero igual al que en vida usaba su padre. Rufo sonrió muy  complacido, enseguida tiró al río el pedazo de sombrero roto que usaba y se colocó el que, según creía, su viejo le había dejado allí, cuidando amararse bien el barboquejo, para que la brisa no se lo volara. Al instante, asomó en la repunta un demacrado y anciano navegante en una frágil canoa; el hombre voluntariamente arrimó. El viejo Rufo se embarcó, se sentó en el plan y la pequeña canoa siguió virando al capricho de los remolinos, descendiendo a lo largo del río, al ritmo lento de la corriente, pues su tripulación ni siquiera llevaba un canalete.
Nunca más se volvió a saber del vagabundo viejo Rufo en la región. Tal vez, igual que con su padre, el brazuelo momposino, cuya ribera lo vio nacer, reclamó lo que de él le pertenecía: su materia.   
Así mismo, quizá porque Juan Hatillo, durante muchos años, regó su Conuco con su sudor, el brazuelo reclamó para su lecho también sus fértiles tierras. Aunque para ello tuvo que desbarrancar casi toda la extensa hacienda que las contenía, incluyendo sus hermosas construcciones.


Sin embargo, como el desbarrancadero no se detuvo sino hasta cuando llegó a la gran piedra del lindero, donde no sólo paró sino que se encontró un diminuto frasco sellado con varias gotas de Azogue dentro, en la región se difundió el rumor que Juan Hatillo, ayudado por su hijo Rufo, se vengó de quienes le quitaron sus tierras, su familia y su vida, enterrándoles Azogue.       Por: UVC.


Unknown

Autor, Economista, Catedrático, Asesor Académico e Historiografo

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